Los ojos del hermano eterno

TÍTULO ORIGINALDie Augen des ewigen Bruder

GÉNERO

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Juventud. Barcelona (1994). 93 págs. 875 ptas.

“Ésta es la historia de Virata, a quien su pueblo ensalzó con los cuatro nombres de la virtud, pero de quien nada consta escrito en la crónica de los soberanos ni en los libros de los sabios, y cuya memoria olvidaron los hombres. Por los años en que el excelso Buda habitaba todavía la Tierra…” Con estos ecos antiguos y fabulosos comienza esta novela sobre el camino interior hacia la purificación de Virata, noble y victorioso guerrero.

En sus obras históricas y biográficas (Momentos estelares de la Humanidad, María Antonieta, Fouché), el austriaco Stefan Zweig (1881-1942) dibuja a los protagonistas reales de esos “instantes dramáticos, preñados de destino”. Éste es un relato de ideas que provoca “una rara sensación de universalidad”. Virata puede ser todo hombre ante el gran problema de la acción o su desprecio, la libertad y la culpa. Tras el dramático hecho que marca su destino, toma la senda del aislamiento contemplativo, con el que espera acercarse a Dios y evitar la culpa mediante la inactividad. Los giros de Virata se enmarcan por periódicos encuentros con el rey, con quien sostiene diálogos proverbiales.

En sus diversas ocupaciones (guerrero, juez supremo del reino, señor de su casa, anacoreta) algo viene siempre a despertarlo, a señalarle que aún no es sabio. La culpa, el problema de qué hacer con su libertad, aún late, hasta que otro dramático suceso le muestra que tampoco el aislamiento y la ataraxia dan al hombre paz de espíritu. Descubrirá entonces que “sólo quien es útil es libre: quien da su voluntad a otro y su energía a una labor”. Bien interpretado, el diálogo final con el monarca resulta un canto a la tolerancia y a la necesidad de que el hombre se haga a sí mismo de cara a Dios.

José Félix Tamayo