Los misterios del rectángulo

Circe. Barcelona (2007). 276 págs. 21 €. Traducción: Aurora Echevarría.

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Bajo el enigmático titulo de Los misterios del rectángulo, Siri Hustvedt, autora de libros de ficción y de ensayos, propone descubrir una obra de arte como una aventura visual en un espacio imaginario. Consciente de la complejidad que conlleva ver algo, escoge algunos cuadros, fruto de los “viajes que empiezan con la mirada”. Sus crónicas de viajes mentales hacia lo desconocido no pretenden proponer soluciones, sino averiguar por qué y cómo le afecta la obra para así desvelar el misterio de su vívido recuerdo.

Cuando miramos un lienzo ocupamos la posición que mantuvo el pintor. La tempestad de Giorgione desafía las convenciones porque desorienta al observador, su ambigüedad desvela “un juego de miradas” en un lugar inexistente. Comparando Mujer con collar de perlas de Vermeer con otras del mismo tema, Hustvedt revela alusiones a la Anunciación. Los gestos de la Virgen, la luz de la ventana y la mirada producen un “efecto de silenciosa santidad”. El artista logra que el observador reflexione sobre la grandeza espiritual de una mujer corriente.

Un Vaso de agua y cafetera de Jean-Baptiste-Siméon Chardin (c. 1760) reciben aliento a través de manchas de color, como también el lápiz rojo se convierte en un símbolo del trabajo de una vida en un interesante ensayo sobre el pintor. Los bodegones, tratando sobre cosas pequeñas, han sido elegidos por la mente del artista, y nuestra mirada, cómplice de la elección, ve de manera diferente esos objetos que el arte dignifica. Si Cézanne los despoja de sus contenidos para ver el mundo a través de la pintura, los cubistas ejecutan el bodegón como ejercicios intelectuales utilizándolo para sus propios fines.

Goya nos cautiva en dos capítulos. Los Caprichos implican al observador de manera que “la falta de objetividad del artista se hace mía”. Hustvedt estudia detenidamente la serie de estampas transportando al lector del estado de duermevela, el sueño, hasta el delirio del artista. Los desastres de la guerra descubren versiones del pintor disfrazado, y especialmente El 3 de mayo; un autorretrato oculto. El ensayo, pleno de matices, profundiza en la percepción y visión de Goya, el “mayor artista del sinsentido”.

La repetición de botellas en los cuadros de Morandi puede esconder algo. Ya que “lo que vemos no es todo”, la autora construye su trabajo buscando los espacios entre los objetos, las sombras de lo que no vemos. El tamaño de los cuadros de Joan Mitchell y la fuerza del color inspiran sensaciones diversas en el observador. Artista de las percepciones, juega con las formas como se recuerdan y se sienten, no como se ven.

Las fotografías de Gerhard Richter realizan una crónica fragmentada; imágenes borrosas, muestran que nuestra percepción del mundo es más nítida que lo que evoca la memoria. En La lectora lo icónico y lo abstracto se encuentran. Hustvedt no se limita a la descripción de lo que ve, sino que estudia la obra en su contexto, profundiza en las influencias y sentimientos del artista; vuelve al lienzo, porque para ver algo hay que ir más allá.

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