Libertad vivida con la fuerza de la fe

Jutta Burggraf

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Rialp. Madrid (2006). 212 págs. 13 €.

Resulta grato leer un libro que rezuma el sabor fuerte de la auténtica novedad cristiana. La autora articula la libertad humana insertándola en la fe. De este modo trata serenamente un tema que hoy se maltrata entre controversias y errores, magnificado y extralimitado por unos y considerado como peligroso para otros.

La teóloga alemana no entra en este tipo de controversias, sino que nos muestra la plenitud de la libertad cristiana. El cristianismo se presenta así como el humanismo más verdadero y enriquecedor. En él, tal y como nos lo muestra Burggraf, se da una hermosa armonía entre la natural limitación de ser criaturas y el sobrenatural crecimiento que comporta responder a la llamada divina.

La autora desarrolla el ejercicio de la libertad que entiende insertado en la persona, para luego desplegarse en un ejercicio de la inteligencia, la voluntad y el amor, tanto a Dios como a los hombres.

La obediencia a Dios es fuente de libertad y la obediencia a la autoridad es expresión de esa libertad. El esfuerzo ascético para evitar el pecado posibilita crear espacios de libertad y educar a personas libres. Este engranaje en la exposición recuerda un documento magisterial sobre “Libertad y liberación” que incidía en estos temas, y Burggraf expone de modo sintético y afable.

Esta profesora de Teología de la Universidad de Navarra expone el auténtico sentido de conceptos que hoy están sometidos a manipulación como obediencia, autoridad y conciencia. A la par, trata de virtudes y planteamientos que no se suelen frecuentar en esta gama de libros, como la epiqueya.

Burggraf escribe sobre la libertad y plantea un modo de entenderla para quien desea vivirla en plenitud, como parte integrante de la vida cristiana. Y lo hace con una pluma libre, con la que vierte su experiencia personal y sus amplios conocimientos de la Sagrada Escritura, de los santos, de filósofos y de grandes literatos. Su lenguaje está dotado de una profundidad y un rigor que no resulta pesado, sino directo y ameno.

Patricia Morodo

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