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Las nieves azules

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALBłękitne śniegi

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2014)

Nº PÁGINAS144 págs.

PRECIO PAPEL18 €

PRECIO DIGITAL7,99 €

TRADUCCIÓN

GÉNERO

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 31/15

Reconstrucción novelada de la infancia del autor, judío polaco deportado a un pueblo de Siberia cuando era un niño, al comienzo de la II Guerra Mundial. Las cosas se cuentan con una voz de adulto que recuerda, pero que también intenta reproducir la mirada del niño de unos diez años que tenía entonces. Se suceden capítulos cortos, dedicados cada uno a un incidente o a un personaje: alguno de sus compañeros de escuela; los distintos pretendientes o perseguidores de su madre, Bella; los vigilantes y guardianes del Partido que se van renovando…

Abundan los momentos duros: denuncias injustas, deportaciones, asesinatos, suicidios… El padre del protagonista reaparece brevemente pero, debido a una pelea, es enviado casi de inmediato a Kolymá, “el auténtico corazón del comunismo” según un personaje. Cuando esto pasa, el narrador dice: “No lograba comprender el infierno en el que se hallaba mi padre. Entre otras cosas, se me pasó por la cabeza que Dios le arrendó al diablo tanto la tierra como a nosotros”.

Sin embargo, el tono es estimulante. Por un lado, porque tanto el pequeño Petia como su madre intentan vivir con intensidad el presente: “No existía el ayer, tampoco existía el mañana: estaba solo el triste y repugnante presente soviético al cual había que sobrevivir con una sonrisa para poder ser lo que éramos: seres humanos”.

Por otro, y sobre todo, porque tienen una fe que les sostiene por más que a veces parezca confusa. La lectura de los Evangelios hace descubrir a Petia que “nosotros, los deportados, éramos dichosos; que, en el mundo, la mayoría de las personas pertenecen a Dios cuando sufren hambre, frío y persecución”. Más adelante, un chico coreano, budista, afirma que “los comunistas no saben perdonar porque han desterrado la oración de sus vidas. Y quien reniega de la oración solo sabe destruir y contaminar. Mi padre solía decirlo y yo lo creo”. Luego, a quien le amenaza, le dice: “Me darás una paliza como mucho. Nunca podrás conmigo porque sé rezar”. Y, después de recibir una paliza, replica: “¿Qué, te rindes? Ya te dije que no podrías conmigo, porque yo rezo a diario. Y tú no me creíste”.