Las manos pequeñas

Anagrama. Barcelona (2008). 109 págs. 12 €.

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La contracubierta pone a este libro en relación con Los chicos terribles de Jean Cocteau y El señor de las moscas de William Golding; los parecidos se basan en que las tres son historias que hablan de crueldad entre niños y en que las tres tienen finales desasosegantes; pero las diferencias son más y no es cuestión tratarlas aquí. Ante una historia como esta tal vez convenga recordar el comentario de Chesterton de que a un escritor, como a un artista cualquiera, “le preocupa menos la verdad que la exactitud con la que pueda expresarla”: esto sirve para delimitar el intento del autor y para no pedir a su obra más de lo que pretende dar.

La niña protagonista, Marina, tiene siete años cuando sobrevive a un accidente de tráfico en el que mueren sus padres; la llevan a un orfanato donde al principio sufre humillaciones de otras niñas que culminan con la rotura de su muñeca; luego ella se convierte en el centro de unos juegos nocturnos morbosos con sus compañeras.

Con un lenguaje preciso, y casi limitándose a mostrar lo que la protagonista ve y hace, el narrador presenta bien su bloqueo mental primero y su evolución posterior hacia comportamientos más oscuros. En algunos capítulos, a través de otra voz narrativa, se describe la fascinación que Marina provoca en sus compañeras. No hay explicaciones ni valoraciones de por qué pasa lo que pasa, no hay más clave interpretativa que la ignorancia propia de los niños y la de los adultos que no se hacen cargo de qué pasa en realidad en el mundo de los niños. Con esta perspectiva -comparable con la de ver funcionar una máquina en la que sabemos que algo se ha roto pero no sabemos qué y tampoco sabemos qué consecuencias tendrá-, el relato merece ser elogiado: es un logro técnico cómo el autor cuenta y calla.

Pero llegados a este punto sí se puede ir algo más lejos y volver a recordar a Chesterton cuando dice que siempre llega un momento en el que los niños, cansados de jugar a los ladrones o a lo que sea, se ponen a torturar al gato: dejados a sí mismos, los hombres, y también los niños, tienden a doblar las dosis, tienden a buscar pecados nuevos e inéditas obscenidades. Este libro actualiza esa lección que, tal vez, en un mundo como el nuestro muchos necesiten que se les recuerde.

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