Lady Macbeth de Mtsensk

Ediciones Internacionales Universitarias. Madrid (2001). 154 págs. 950 ptas. Traducción: Silvia Serra y Augusto Vidal.

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Nikolái Semiónovich Leskov (1831-1895) es un escritor reconocido por las enciclopedias de literatura eslava, por los ya clásicos -Thomas Mann o Walter Benjamin- y hasta por lectores contemporáneos tan obsesivos como Vila-Matas. Atrás quedaron aquellos reproches dirigidos contra su antinihilismo, pero las sombras de los excepcionales Gorki, Tolstoi, Dostoievski y Chéjov, más que alargadas, cubren el campo de la literatura rusa del siglo XIX. Y se corre ahora el riesgo de que sus figuras sean umbrías impenetrables para la lectura de “nuevos” autores. Ediciones Internacionales Universitarias brinda una excelente oportunidad para abrir un claro con los dos relatos de este libro.

El primero, que da título al libro, cuenta el descenso por los raíles de la perdición de Catalina Lvovna. Leskov no oculta el valor didáctico del mal en cabeza ajena. Pero Lady Macbeth de Mtsensk tiene hoy un regusto de dramón irrevocable y dirigido. En esos raíles de vía estrecha se juntan infidelidad, asesinatos, prisión…: el mal.

La sorpresa aparece con El pensador solitario, un relato que no figura en la portada (algo realmente curioso, una laguna de la edición). Leskov traza aquí un modelo del bien, el del hombre fiel a sus convicciones que conquista el respeto de sus vecinos sometiéndose a las leyes de Dios, siempre más exigentes que las de su sociedad. El personaje no es un extraño en esa galería literaria de rusos ligados a la tierra, a la naturaleza y a sus tradiciones; en este caso, evoca el perfil de aquellos ortodoxos que hicieron de la religión una vida por su cuenta. El pensador solitario, título y alias de su protagonista, Alexandr Afanásievich Rízhov, tiene un valor de permanencia y de evocación únicos, la idea de alguien que se educa con el caminar y la lectura de la Biblia.

Lady Macbeth de Mtsensk y El pensador solitario son dos relatos cercanos a la parábola, dos ejemplos del propio Leskov para delimitar el bien y el mal.

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