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La última rosa

EDITORIAL

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNValencia (2021)

Nº PÁGINAS108 págs.

PRECIO PAPEL13 €

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Poesía, aforismos, narrativa forman una unidad en la trayectoria literaria de Jesús Montiel (Granada, 1984). Si, en Sucederá la flor, el motivo era la grave enfermedad de un hijo y, en Lo que no se ve, la figura de sus abuelos, aquí se ha inspirado en parte en fotografías del checo Josef Sudek, que plasmó imágenes llenas de belleza en su combate contra la barbarie de los nazis, cuando invadieron su país, tomadas desde algún rincón de su estudio del barrio de Malá Strana (Praga).

Como en los libros citados, entre otros, aquí se trata también de textos más bien breves, encabezados en esta ocasión por el día de la semana correspondiente, pero sin fecha, y distribuidos en cuatro partes, introducidas por una imagen inspiradora: “Una fotografía quiere hablarme”, “El paraguas lila”, “Dos tipos de sonrisa” y “Deja que todo te suceda”.

Casi siempre el punto de partida es un suceso aparentemente insignificante, anecdótico (los juegos de la luz, una flor, un pájaro, la observación de un gesto, unas palabras cazadas al vuelo, la actitud de unos niños o de unos ancianos…), ya que lo cotidiano “es la levadura del milagro”. Estos detalles (“En la ventanilla del coche, por la tarde, una gota de lluvia me hace llorar de puro agradecimiento”) producen en el autor una reacción, una cierta conmoción, que lo lleva a la reflexión, al recuerdo, a manifestar dudas y certezas sobre la existencia humana y a mostrarse muy crítico con el consumismo individualista y deslumbrado por la técnica que nos acapara y aturde.

Esto se expresa con comparaciones e imágenes muy logradas (“Cada poema que leemos es un hospital portátil, abierto noche y día para nosotros”); en frases contundentes, aforísticas, que obligan al lector a pararse y a releerlas, para asimilarlas (“El tiempo cobra sentido si se regala”); o en otras de notable lirismo (“Las ramas de un árbol recortadas contra el cielo: una caligrafía secreta, acaso la más antigua del mundo”).

A lo largo del libro, hay una invitación a contemplar, a huir de tópicos, de la superficialidad, a descubrir la grandeza y la belleza de lo cotidiano (“Cierro el libro de teología para fregar los platos: Dios se da por aludido”), que perdemos en la maraña del activismo ruidoso, del recurso incontrolado a las redes sociales y a tantos artilugios que nos distraen de lo que de verdad merece la pena y que, a menudo, tenemos ante nuestras narices: “Dios no responde, dicen. Pero cada mañana, desde que abro los ojos, yo sólo veo respuestas”.

El resumen es que amar es lo único que de verdad vale la pena, pero no al modo en que muchas veces se describe o se presenta el amor, sino para “tener el corazón, a cada instante, a punto para la misericordia”. Libro breve, lleno de sugerencias bellamente expresadas, que conviene leer con sosiego.

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