La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España

Anagrama. Barcelona (2004). 406 págs. 19,50 €.

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Jordi Gracia (Barcelona, 1965), profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, ha abordado en diferentes ensayos la situación de la cultura española durante el franquismo y la transición. En concreto, en uno de los últimos, Hijos de la razón, analiza la literatura española durante la democracia.

En “La resistencia silenciosa”, último premio Herralde de Ensayo, describe “de qué manera reaccionaron los intelectuales españoles a las ideas fascistas en los años treinta y cómo sobrevivió la tradición liberal bajo el franquismo”. La II República y la guerra civil provocaron una profunda división entre los intelectuales. Algunos de estos retiraron pronto su entusiasta apoyo a la República y apoyaron, de manera implícita o explícita, la rebelión militar de Franco. Esta postura les llevó a asumir en su momento algunos de los postulados culturales y políticos del franquismo, aunque como quiere demostrar Jordi Gracia, y esta es una de sus tesis principales, poco a poco fueron manifestando su rechazo al nuevo régimen.

Gracia analiza de manera cronológica la actitud de estos intelectuales. En primer lugar, incluye a los que considera maestros liberales: Pío Baroja, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Azorín, Pla… Todos renegaron de la II República y confiaron de alguna manera en el franquismo. Gracia analiza cómo sus actuaciones y su pensamiento fueron sin embargo cambiando durante la década del 40 y del 50. Otro grupo está formado por los escritores que marcharon al exilio: Antonio Machado, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Carles Riba y, especialmente, Juan Ramón Jiménez, un escritor clave para Gracia, tanto por su actitud ética ante los hechos como por sus posteriores declaraciones.

El tercer grupo lo forman los que Gracia denomina “fascistas cultos”, intelectuales muy implicados en la guerra civil y en el nacimiento del régimen de Franco, la gran mayoría falangistas, que poco a poco disminuyeron su entusiasmo por el régimen. A este grupo pertenecen Dionisio Ridruejo (mitificado en este ensayo), Torrente Ballester, Pedro Laín, Ernesto Giménez Caballero, José Luis Aranguren y hasta Camilo José Cela. Por último, de manera menos intensa, Gracia estudia también la actitud de un grupo de profesores y de intelectuales que no vivieron de manera directa la guerra civil, pero que a partir de la década del 50 muestran otra actitud ante la cultura franquista, asumiendo la tradición liberal. Son José María Valverde, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Manuel Sacristán y José María Castellet, entre otros. Gracia siempre tiene muy en cuenta también cómo afectaron estos cambios a la cultura catalana.

En la introducción, Jordi Gracia explica que su edad -todavía no ha llegado a la cuarentena- le permite enfrentarse a la guerra civil y la posguerra sin el visceral apasionamiento que emplean otros historiadores. Dice que su punto de vista es más imparcial y objetivo. Pero si bien Gracia fulmina algunos tópicos sobre el franquismo y presenta la realidad sin caer en el habitual maniqueísmo, su afinidad con la izquierda condiciona su aproximación a los hechos y a sus protagonistas. Este punto de vista aporta pasión y subjetivismo a la narración, lo que sin duda la hace más amena, pero denota también una complaciente parcialidad.

Gracia suele manejar una abundante bibliografía actualizada para matizar los juicios sobre los protagonistas de esta convulsa época de la historia, lo que contribuye a que sus tesis modifiquen algunas interpretaciones. Sin embargo, cuando aborda otros temas su actitud no admite matices y es reiterativamente dura e implacable, en especial con algunos intelectuales y, sobre todo, con la Iglesia católica. En este punto, sus juicios son dogmáticos. Y lo hace de una manera un tanto infantil, añadiendo continuamente calificativos despectivos que no tienen nada que ver con el tono a veces condescendiente de que el autor hace gala en el resto del libro.

Curiosamente, al final Jordi Gracia acaba cayendo en los mismos vicios ideológicos y estilísticos que denuncia en la introducción.

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