La quinta esquina

Lumen.
Madrid (1995).
152 págs.
1.600 ptas.
Traducción: Selma Ancira.

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Izraíl Métter nació en Járkov (Ucrania) en 1909, es judío y vive actualmente en San Petersburgo. Por su origen social, el régimen comunista le excluyó de la universidad. Esto exigió de él una formación autodidacta, tanto en las matemáticas –cuya enseñanza ejerció durante gran parte de su vida– como en el terreno literario.

Aunque escrita en 1967, La quinta esquina no se publicó en Rusia hasta 1989 por razones políticas. Ese mismo año obtuvo el premio a la mejor novela del año, concedido por la revista literaria Neva. Es la única novela del autor publicada en Occidente.

A raíz de un intercambio epistolar, Borís, un maestro ruso jubilado, comienza a rememorar su vida. La perspectiva personal con la que extrae los retazos de su existencia, marca de manera inequívoca la sinceridad de un relato excepcional y profundamente humano.

Desde el pasado, necesariamente fragmentado, el narrador recupera la época de su juventud, sus padres, sus amigos, su trabajo, y su pasión por Katia, cómplice de una relación amorosa absorbente y sin límites. Junto a estos recuerdos, Borís abre el vasto panorama de su alma. Temas como el tiempo perdido, el idealismo adolescente, la soledad, el miedo, el refugio ciego y egoísta en el placer, el motor del propio destino, y el deseo de ser comprendido circulan una y otra vez en busca de unas respuestas que el autor ofrece con clarividencia asombrosa. Frente al autoengaño generalizado para “conservar la fe en una vida no vivida en vano”, el protagonista proclama el valor inherente a cada persona humana, única e irrepetible, y el convencimiento de que el hombre “necesita al menos una verdad donde su alma pueda descansar”.

La quinta esquina es una novela de evocación, donde los recuerdos interpelan directamente a la conciencia. A partir de ahí, Métter hace un diagnóstico preciso de la enfermedad padecida en este siglo por la Unión Soviética. En este sentido, emociona la hondura con que describe la riqueza interna de los personajes, atados a una sociedad donde “el destino de las personas dejó de ser individual”. La narración, irremediablemente triste, es a la vez lírica y conmovedora.