La muerte no es un juego de niños

Planeta.

Barcelona (2013).

381 págs.

20,50 €.

Traducción: Elisabete Fernández Arrieta.

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Cuando un personaje tiene una voz narrativa muy especial que causa fascinación, en una segunda entrega de sus aventuras ya no hay efecto sorpresa. Esto se aplica bien a esta historia y a su heroína y narradora Flavia de Luce, una chica con pasión por la química, unos conocimientos descomunales sobre esa materia, con “un particular énfasis en la química de la putrefacción”, según ella misma dice. Esta vez el caso que acaba resolviendo es el de un titiritero muy famoso que representa en su pueblo Juan y las habichuelas mágicas pero, en plena función, muere.

Se repiten personajes y ambientes de la primera novela, Flavia de los extraños talentos, y aparecen otros nuevos. Siguen abiertos interrogantes como qué fue de la madre de Flavia, y se inician otros como el del temor a que su familia tenga que abandonar su actual casa. Siguen siendo muy numerosas las referencias literarias que contiene la trama. El caso del asesinato no es muy allá: es complicado pero su resolución llega como consecuencia de muchos factores del pasado que van surgiendo cuando hacen falta.

Pero, sea como sea, el entusiasta de Flavia disfrutará igual con sus asombrosas parrafadas. Puede dar una idea esta, de cuando se mancha la ropa de alquitrán y entonces, dice, piensa en Michael Faraday, quien “había sintetizado tetracloroetileno en los años veinte, calentando hexacloroetileno y extrayendo el cloro mientras se descomponía. La sustancia resultante quitaría el alquitrán de la tela en un instante. Desafortunadamente, aunque me hubiera gustado mucho hacerlo, no tenía tiempo para repetir el descubrimiento de Faraday. En su lugar, tendría que fiarme de la mayonesa, tal y como recomendaba el Vademécum del mayordomo y el lacayo con el que me había tropezado un día lluvioso en el que fisgaba en la despensa de Buckshaw”.