La ley del amor

Laura Esquivel

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Plaza & Janés. Barcelona (1995). 276 págs. 3.450 ptas.

En el primer capítulo de esta novela el lector se encuentra con una historia de asesinatos, violaciones, muerte y suicidio, ambientada en México en la época de Cortés. En los siguientes, se ve trasladado, en el mismo lugar, al siglo XXIII, donde los protagonistas de los anteriores sucesos aparecen reencarnados con otras circunstancias personales, pero con las mismas inclinaciones y apetencias.

La autora, que en su obra anterior, a la que debe su fama (Como agua para chocolate, ver servicio 144/93), recurría a las recetas culinarias como apoyo narrativo, acude ahora a los medios audiovisuales con iguales propósitos de originalidad. Como música de fondo para la acción, el libro lleva anejo un compact-disc con fragmentos de ópera y canciones populares que deberán escucharse en determinados momentos expresamente indicados. Las ilustraciones de un cómic intercalado en el texto completan este panorama de narrativa multimedia.

Sin embargo, las aventuras futuristas de los personajes, concebidas con mucha imaginación, son tan sorprendentes que es difícil dilucidar si se trata de una fantasía humorística o si con ellas se pretende, sin conseguirlo, hacer una alegoría simbólica de carácter filosófico sobre el amor y el odio.

Las complejidades de la trama argumental, más dinámica que consistente, los transformismos físicos y espirituales que experimentan los personajes gracias a los avances tecnológicos, y la vulgaridad del estilo, muy localista y popular tanto de léxico como de construcción gramatical, dan a la obra el carácter de un juego artificioso, intrascendente y algo errático en sus planteamientos literarios y de contenido. La transmigración de las almas, la extraña configuración del ángel de la guarda de la protagonista -que también actúa como narrador en algún momento- y la peculiar idea del Amor Divino que estas páginas encierran, hacen pensar en una influencia del pensamiento de la Nueva Era, mezclado con un remoto cristianismo y algunas reivindicaciones indigenistas.

Pilar de Cecilia