La isla de Bowen

EDITORIAL

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2012)

Nº PÁGINAS510 págs.

PRECIO PAPEL9,95 €

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Excelente novela de aventuras y de ciencia-ficción deudora en estilo y en contenidos, sobre todo, de obras de Julio Verne como La isla misteriosa, de Conan Doyle como El mundo perdido, de Wells como La guerra de los mundos.

1920. Un marinero de la tripulación de un barco mandado por John Foggart es asesinado en una ciudad al norte de Noruega: este misterioso incidente, que se cuenta en tercera persona, introduce al lector en la persecución que contará la historia. La mujer y la hija de Foggart, un arqueólogo conocido, viajan a Madrid para pedirle al profesor Ulises Zarco, un intrépido explorador y científico, que les ayude a encontrarlo. Entre otros argumentos para convencerlo le entregan un cilindro de un metal desconocido que, una vez analizado, resulta ser titanio puro. A partir de ahí, Zarco y su equipo –su ayudante Adrián Cairo, el joven fotógrafo Samuel Durango, el capitán Gabriel Verne y la tripulación del Saint Michel–, junto con Lady Elizabeth Faraday y su hija Kathy, que se las arreglan para forzar a Zarco a que las lleve con ellos, parten desde Santander.

Siguiendo las pistas que tienen, averiguan quién fue el monje celta san Bowen, leen un manuscrito que escribió en el siglo X, y contrastan qué había de cierto en su historia sobre ciudades subterráneas, un río en el hielo que les conduce a una isla boscosa a quinientas millas del Polo Norte, donde decía que había un muro de fuego invisible y extraños seres demoníacos. A todo esto, Aleksander Ardán, un multimillonario empresario minero sin escrúpulos, los persigue por todas partes.

La narración es amena e intrigante. Está organizada en capítulos cortos que se alternan, unas pocas veces, con fragmentos del diario personal del joven fotógrafo Samuel Durango. Se entrelazan bien el hilo principal con el triste pasado de Durango –ayudante de un fotógrafo que se hizo famoso en el frente de la primera Guerra Mundial–, con noticias breves de otras expediciones de Zarco y de Cairo. Se dan, de forma muy hábil, las explicaciones científico-técnicas necesarias en cada momento: desde cómo se hacen y revelan las fotografías, hasta el funcionamiento del pequeño dirigible Dédalo, y muchas otras cosas.

Buena parte del atractivo del relato está en la personalidad del profesor Zarco, un hombre tan audaz y capaz como cualquier héroe verniano, admirado por su talento científico y por su generosidad a la hora del peligro, pero también insufrible por su trato altivo y por su talante profundamente misógino (y es un gran mérito del autor acentuar esto hasta el extremo y, a la vez, construir el personaje de forma que acaba resultando simpático). Esto da lugar a notables choques dialécticos con la desafiante y persistente lady Faraday –que, por cierto, aparte de ser campeona de tiro y otras cualidades, habla con fluidez español, francés, italiano, portugués, alemán, árabe y griego; además tiene nociones de ruso, holandés, sueco, danés y noruego; y, por supuesto, domina lenguas muertas como el griego clásico, el hebreo bíblico, el árabe clásico, el arameo, el latín clásico y medieval, los jeroglíficos egipcios…–.

Lo anterior ya indica que no tiene sentido, en este caso, subrayar otras inverosimilitudes o buscar defectos constructivos menores, igual que no lo hacemos cuando leemos grandes aventuras decimonónicas. En cambio, lo que sí se ha de subrayar es el gran talento narrativo y constructivo del autor y el entusiasmo que respira su historia y que consigue transmitir al lector.

Para lectores a partir de 13-14 años

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