La ira de las naciones

TÍTULO ORIGINALThe Wrath of Nations

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Ed. Andrés Bello. Santiago de Chile (1994). 244 págs. 2.500 ptas. Edición original: Simon & Schuster. Nueva York (1993).

Al comienzo del libro, en unas frases felices, Pfaff pone de relieve lo que va a ser el núcleo de su obra: “El nacionalismo -dice- es una expresión profunda, aunque a menudo maligna, de la identidad humana, una fuerza negativa, pero también positiva. Es tanto una expresión de amor como de odio. Es un elemento fundamental de la vida política moderna y de las relaciones internacionales. Exige una mejor comprensión”. Y a esa mejor comprensión contribuye La ira de las naciones, que no es un tratado académico sino el trabajo ágil de un periodista con una buena cultura histórica y con capacidad de síntesis. Pfaff hace gala de una gran asimilación histórica y por lo tanto es capaz en ocasiones de trazar grandes curvas de pensamiento que resumen certeramente una época o una serie de factores complejos. El autor, comentarista del International Herald Tribune que reside desde hace años en París, ha seleccionado algunos episodios de la historia universal que ilustran las oscilaciones entre los impulsos nacionalistas y los internacionalistas, no siempre opuestos.

Ciertas páginas de La ira de las naciones son de contenido bastante conocido, sobre todo las que se refieren al marxismo y al nacionalsocialismo. Más instructiva es la lectura de los capítulos sobre el internacionalismo otomano, el nacionalismo africano y asiático, el de Estados Unidos o lo que Pfaff llama “el internacionalismo liberal”.

Pero William Pfaff también incurre en las imprecisiones que cometen bastantes de sus compatriotas, por ejemplo, respecto del conflicto balcánico. Escribe: “Los serbios y los croatas son el mismo pueblo y hablan el mismo idioma, aunque uno escribe en el alfabeto cirílico y otro en el romano y hoy no son una nación sino dos”. De la misma manera que Yugoslavia fue una creación artificial, la lengua “serbocroata”, a la que alude Pfaff, es otro artilugio: hay una lengua croata y otra serbia; aunque tienen muchos parecidos, tienen también sus diferencias.

La ira de las naciones adolece en otras ocasiones de generalizaciones precipitadas, como cuando asocia los recientes incidentes xenófobos en Alemania a la “identidad alemana de sangre” y no menciona otros factores más importantes que explican los hechos: los problemas de la reunificación unidos a la enorme población de extranjeros. Aunque no sea una obra profunda, La ira de las naciones puede ayudar a los lectores no especializados a tener un primer contacto grato con el complejo fenómeno del nacionalismo.

José Grau