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La identidad cultural no existe

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALIl n’y a pas de identité culturelle

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2017)

Nº PÁGINAS107 págs.

PRECIO PAPEL14,90 €

PRECIO DIGITAL8,99 €

TRADUCCIÓN

Para François Jullien (Embrum, 1951), catedrático de la Universidad de Paris-Diderot, “la reivindicación de una identidad cultural tiende a imponerse hoy, en todo el mundo, como retorno del nacionalismo y reacción a la globalización”.

Frente a eso, trata de idear un marco de distinciones –como entre lo universal, lo uniforme y lo común–, basándose en que lo propio de la cultura es mutar y transformarse. No hay para él una “identidad francesa” (y lo mismo podría decirse de cualquier país), sino unos “recursos franceses” que, si son valiosos, quedan a disposición de todo el mundo, pero no pertenecen a nadie.

Se trata de un análisis muy fino. Lo universal es algo abstracto. Lo uniforme es el rasero. Lo común es lo que se puede compartir, sin perder cada uno su propia singularidad: el universal puede salvarse si está abierto a lo común. En este sentido, como afirma Jullien, la identidad cultural como fijación es un contrasentido, porque una cultura que no se transforma es una cultura muerta.

No entro en más precisiones de este texto muy valioso, que hace referencia, por ejemplo, al concepto de écart. Se entiende en este análisis como diferencia, pero no para afirmar una identidad cultural, sino para que unos recursos entren en comparación con otros y en esa alteridad, en ese entre, se dé un enriquecimiento mutuo.

Todo esto supone reflexionar. Pero, añadiría, la identidad cultural como vehículo y arma del nacionalismo no nace de una reflexión, sino que obedece principalmente a emociones y pasiones, cuando no a prejuicios. Es más frecuente actuar emocionalmente que hacerlo después de pensar.

Sin duda hay diferencias culturales, pero solo puede haberlas porque, antes, está el terreno de lo común, lo que nos hace a todos humanos. Enquistarse en la identidad cultural acaba tarde o temprano considerando al otro como enemigo. Desde antiguo se ha dicho, hasta convertirse en tópico, que es más importante lo que nos une que lo que nos separa o diferencia. Pero ese dicho no llega al hecho, precisamente por el no ejercicio de la razón. Y del corazón, que hace “entender”, a la vez, lo singular y lo común.

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