La idea rusa. Entre el anticristo y la Iglesia. Una antología introductoria

Editorial Nuevo Inicio. Granada (2009). 300 págs. 21 €.

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El pensamiento filosófico-religioso de la Rusia de los siglos XIX-XX está marcado por el nacimiento y desarrollo de la llamada “idea rusa”, una línea de pensamiento que trata de responder a la pregunta sobre el destino de Rusia como nación. Para contextualizarla e ilustrar su nacimiento y desarrollo, los editores de este libro nos ofrecen tres ensayos de pensadores rusos y dos trabajos propios: “La idea rusa”, de Vladimir Soloviev (1853-1900), la “Primera carta filosófica a una dama”, de Piotr Chaadaev (1793-1856), y “La cuestión de Oriente y Occidente en el pensamiento religioso de Vladimir Soloviev”, de Nikolay Berdiaev (1874-1948). A estos textos les precede un estudio histórico-descriptivo de López Cambronero y un trabajo de Mrówczynski – Van Allen sobre la interpretación de la idea rusa.

Como punto de partida de esta “idea” se encuentra el bautismo de Rusia en el siglo X, el origen de su identidad como pueblo. Con Rusia ocurre lo mismo que con todas las naciones europeas, cuya historia y cultura está profundamente marcada por su fe cristiana. Los pensadores de los siglos X-XI piensan que todas las naciones, dentro del plan divino establecido para la salvación de la humanidad, tienen una vocación, una misión ineludible que llevar a cabo. Rusia sería la portadora y guardiana del cristianismo verdadero, la depositaria de la misión de llevar la fe auténtica a todo el orbe, la fe ortodoxa.

Estas ideas nos ayudan a comprender mejor la relación iglesia-estado-sociedad que se dio en Rusia hasta el siglo XVII, época en que comenzó la occidentalización y secularización del país, especialmente con Pedro I, Catalina II y Pablo I. A partir del siglo XVIII, las bases religiosas rusas, secularizadas, se erigirán en rectoras del pensamiento y ofrecerán una especie de salvación y paraíso terrenos, a través de corrientes como el idealismo, el eslavofilismo o el marxismo.

La idea rusa está estrechamente relacionada con la cuestión Oriente-Occidente: la Rusia ortodoxa que se define a sí misma en oposición al catolicismo latino. En opinión de Soloviev, uno de los mayores males que aquejan a Rusia es su egoísmo nacional, que le ha hecho cerrarse en sí misma y mirar con desprecio al Occidente latino. Es más, Rusia piensa que la verdadera Iglesia es tan sólo la suya. En su opinión, la Iglesia ortodoxa se ha convertido en una institución de aire estatal: es nacionalista.

Ya Chaadaev, en su carta filosófica, había pretendido despertar a Rusia de su letargo, animándola a contribuir al establecimiento de un orden perfecto en el mundo cristiano, sacrificándose y colaborando con las demás naciones con una lección que sólo ella podía dar. Soloviev identifica la idea rusa con la aportación que su país ha de llevar a cabo en la labor de la edificación de la Iglesia Universal, la manifestación de la verdad plena, en la que hay unidad y diversidad, análogamente a lo que sucede en la Trinidad.

La forma de llevar esto a cabo sería instaurar una teocracia papal, en la que, fruto de la unión de la Iglesia ortodoxa y la jerarquía católica, se dé una unidad perfecta, pero sin confusión, entre el zar y el sumo sacerdote cristiano. Sobre estas bases es sobre las que se construirá el verdadero futuro de la humanidad, la hermandad universal, que brota de la patria universal a través de la incesante filiación moral y social respecto a un único padre.

En opinión de Berdiaev, sin embargo, no todo se soluciona con uniones de jerarquías: la Iglesia no está dividida, lo que está dividido son los hombres. La Iglesia, la verdad plena, sólo se logrará en el amor y en la compenetración de dos experiencias místico-religiosas diferentes: la de Occidente, que mira a Dios más como objeto al que tender, y con gran espíritu de sacrificio pero también con gran empuje incluso misionero, y la de Oriente, para la que Dios es fundamentalmente un sujeto, alguien que baja y habita dentro de uno mismo, que nos diviniza, al que hay que acoger y con el que se puede tener una vida íntima.

Para Berdiaev, la gran misión del Occidente católico quizá consista en el descubrimiento de la verdad mística sobre el amor como poder creador, mientras que la del Oriente ortodoxo sea la de conservar y revelar al mundo el misterio místico de la unión con Dios, el principio de la transfiguración del mundo.

Para estos autores, la religión ocupa un lugar central y fundamental en la construcción de las sociedades humanas. En opinión de Mrówczynski – Van Allen, el itinerario íntimo de la idea rusa es, en último término, la búsqueda de la respuesta a la pregunta sobre cómo luchar contra el mal y la muerte. La idea rusa nos recuerda que el Mesías es y será siempre Jesucristo y no una ideología humana, que el Paraíso es y será siempre el Cielo, y no un eterno progreso terreno. Una civilización sin religión no puede enfrentarse al problema del mal y de la muerte. Es en la Iglesia Una donde el hombre, todos los hombres, pueden habitar en compañía y libertad, en el reino de la vida.

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