La historia no ha terminado

Anagrama. Barcelona (2008). 295 págs. 19,50 . Traducción: J.A. González Sainz.

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La historia no ha terminado recoge una selección de artículos de los últimos años que Claudio Magris ha publicado en las páginas del Corriere della Sera. Atento a los problemas de la sociedad actual, Magris sabe combinar la elegancia estilística, la precisión e incluso la belleza con el análisis crítico. Se manifiesta así un genuino pensador, que no teme desafiar ni a los poderosos ni a los dogmas de la corrección política.

Pese a que se refiere a sí mismo como “impolítico”, como su admirado Thomas Mann, el escritor italiano confiesa que le preocupa la frivolidad de la sociedad posmoderna, el relativismo y la trivialización de la política. Desde la laicidad, pasando por asuntos espinosos como la eutanasia, el aborto, el nacionalismo o el terrorismo, sus reflexiones no se leen como sermones ni advertencias sino como conclusiones de un ciudadano que ejerce libremente su sentido crítico.

Magris está convencido de la existencia de valores, principios y normas que no son específicamente occidentales, sino patrimonio innegociable del hombre. De ahí que, aun admitiendo el enriquecimiento del contacto cultural y estimando las contribuciones de cada cultura, considere que el diálogo y la integración de éstas no se puede realizar renunciando a aquellos.

Con lucidez e ironía, Magris se opone a ese pluralismo banal y light, al artificio de la componenda, a la frivolidad y la incultura porque empobrece a la verdadera religión, la verdadera filosofía y la verdadera política. No es de extrañar que, aunque reconoce que no estuvo siempre de acuerdo con él, vea la figura de Juan Pablo II como un papa que se propuso hacer seria la fe y la vida cristiana, sin imposturas y sin que la religión perdiera su atractivo.

Otro de los temas más recurrentes de este ensayo recopilatorio es el de la laicidad. El autor de El Danubio no entiende que la separación de la Iglesia y el Estado genere tanta polémica: cada uno posee su ámbito de competencia y tan bochornoso es el clericalismo como el laicismo intolerante. ¿Por qué quitar el crucifijo o enfrentarse a la enseñanza de la religión en la escuela cuando se ha perdido hasta la más mínima cultura religiosa? Algo más matizable resulta su postura sobre la enseñanza no estatal, a la que en principio se opone.

Como los héroes a los que admira -Mann, Bonhoeffer, Erasmo, entre otros-, Magris ejerce su actividad publicística a veces a regañadientes. Pero sabe que la situación lo exige y que en ocasiones no hay más remedio que dejar de lado la vida privada y las pasiones que otorgan sentido a la vida de cada uno -el amor, la lectura, los paseos- para llamar la atención sobre las injusticias.

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