La vida de Lope de Vega Carpio (1562-1635) fue rica en vicisitudes personales, familiares, literarias y hasta políticas. Poeta y prolífico autor teatral, gozó de mucha fama en el Madrid de su tiempo, como atestigua, por ejemplo, su multitudinario entierro en la iglesia de San Sebastián. Durante el recorrido del féretro desde su casa, en la calle Francos (actual calle madrileña de Cervantes), hasta el lugar donde fue enterrado, desviaron la comitiva por la calle Cantarranas (actual calle de Lope de Vega) para que pasase por delante del convento de las Trinitarias, donde una hija suya, Marcela, que había profesado como monja, pudiese despedirse de su padre.
La escena del encuentro fue recreada, en 1862, en un famoso cuadro de Ignacio Suárez y se relata con detalle al inicio de La hija del Fénix, primera novela que escribe Fernando Bonete, profesor de Escritura y Argumentación en la Universidad de Nebrija, autor de varios ensayos y conocido divulgador de libros en las redes sociales.
La novela acerca a los lectores un personaje muy desconocido, Marcela, hija ilegítima de Lope de Vega con la actriz Micaela de Luján. La niña nació en Toledo en 1605 y vivió con su madre hasta el fallecimiento de esta en 1614, un año después de que Lope perdiera, con poco tiempo de diferencia, a sus hijos Carlos Félix y Jacinta y a la madre de los niños, Juana Guardo, su segunda esposa. En 1614, Marcela y su hermano Lopito se trasladaron a vivir con su padre a la casa que Lope había comprado en la calle Francos, en la que vivió sus últimos veinticinco años, muy próxima a los corrales de comedias de la corte donde se representaban sus famosas comedias.
Con quince años, en 1621, Marcela decide ingresar como novicia en las Trinitarias y, desde su encierro conventual, asiste a los últimos años de Lope, ajetreados como el resto de su vida.
En La hija del Fénix tiene mucho predicamentoo la biografía de Lope, que condiciona totalmente la vida de Marcela. De todos sus hijos, solo Marcela muestra inclinación por las letras y desde muy pequeña siente pasión por escribir. Tal es así que su padre la nombra su secretaria, y ella le ayuda en la redacción de su copiosa correspondencia. Pero el destino normal que aguardaba a Marcela era un matrimonio de conveniencia y el forzado olvido de su afición por la escritura y la lectura. Entre otras cosas, ser monja era para ella la posibilidad de preservar en el convento un espacio de libertad para poder seguir escribiendo, como así sucedió.
La novela se apoya en una rigurosa documentación y los escritos que se conservan, pocos, de sor Marcela. Recurre el autor también a la correspondencia de Lope, especialmente la que mantuvo con Luis Fernández de Córdoba y Aragón, el VI duque de Sessa, personaje muy importante en la vida del autor (fue muchos años su secretario) y en la novela, por la que desfilan también otros destacados escritores y políticos de su tiempo, como el Duque de Lerma y el arzobispo de Burgos, Fernando de Acebedo, presidente del Consejo Real de Castilla.
Bonete inserta algunas cartas de diferentes personajes, que vienen muy bien para completar la información sobre los sucesos que se van narrando. Esta variedad de perspectivas y formas de narrar hace que la novela, en vez de avanzar de una manera muy lineal, lo haga a saltos, centrándose en los hechos biográficos más significativos. También el narrador se inmiscuye en algún pasaje en el relato, siempre con una mirada irónica.
Lo que más sobresale de la novela es la relación de Marcela con su padre, que atraviesa diferentes fases. Marcela reconoce que, para él, lo más importante, por encima de sus preocupaciones familiares, fue ocupar un destacado lugar en la vida social y literaria de su tiempo. Marcela fue una víctima del egoísmo de su padre y de su atracción por los excesos, la vida nocturna y las pasiones amorosas. Ella tuvo que buscarse la vida y en el convento encontró la posibilidad de entregarse a Dios también con la pluma.