La familia Wittgenstein

Lumen. Barcelona (2009). 485 págs. 25€. Traducción: Gerardo Paéz Irrací.

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Alexander Waugh (1963), nieto del novelista Evelyn Waugh, ha tratado, con el interés de un relato de novela, la verdadera historia de los hijos de Karl Wittgenstein (1847-1913), quien logró transmitir a sus descendientes una de las fortunas mayores de Europa, y de Leopoldine Kalmus (1850-1926), esposa devota pero no demasiado tierna madre.

El matrimonio crió a ocho hijos, además de Dora, que murió poco después de nacer. Tres eran mujeres: Hermine, Helene y Gretl, fallecidas respectivamente en 1950, 1956 y 1958. Mandaron mucho en la familia, hicieron y deshicieron, pero no fueron famosas, salvo en el círculo limitado de la gente adinerada de su tiempo.

Cinco eran hombres. Todos tocados por un trágico destino: el mayor, Hans, desapareció en 1902, a los 25 años, sin que se volviera a saber nada de él. El siguiente, Kurt, se suicidó en 1918, a los 40 años, en los últimos días de la primera guerra mundial; Rudi también se suicidó, en 1904, a los 23 años. El siguiente, Paul (1887-1961), excelente pianista, perdió el brazo derecho en la primera guerra mundial y con solo la mano izquierda continuó su carrera de concertista, consiguiendo, gracias a su inmensa fortuna, que compusieran para él músicos de la talla de Ravel, Prokofiev, Britten y Hindemith, entre otros muchos. De estas músicas la hoy más repetida es el Concierto para la mano izquierda, de Ravel.

El más pequeño, Ludwig (1889-1951) es quizá el filósofo más importante del siglo XX, pero Alexander Waugh no parece entender mucho de filosofía y ese aspecto se soslaya, destacándose en cambio la personalidad neurótica, atormentada y depresiva del autor del Tractatus logico-philosophicus. Ludwig, por el que todavía se recuerda el apellido Wittgenstein, aparece aquí siempre fuera del ámbito familiar. De hecho fue el único que renunció a su fabulosa riqueza, para vivir, durante años, de modestos trabajos.

Los hermanos Wittgenstein tenían tres de los cuatro abuelos judíos, aunque convertidos al catolicismo. Entraban de lleno en la categoría de judíos, según las racistas leyes de Nuremberg. Gracias a su dinero, conocimientos e influencias, lograron llegar a un acuerdo con los nazis y les concedieron la condición de mestizos, bajo la simulación de que uno de los abuelos era en realidad el hijo bastardo de un príncipe ario.

El libro es, además, un fiel reflejo de la vida europea en la primera mitad del siglo XX, una época de una luego no repetida atractiva productividad musical, artística y filosófica. Son estos libros los que permiten confirmar que si la primera guerra mundial significó el inicio del declive de Europa, la segunda culminó el proceso.