La ciudad de los libros soñadores

TÍTULO ORIGINALDie Stadt Der Träumenden Bücher

GÉNERO

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Maeva. Madrid (2006). 464 págs. 20 €. Traducción: Miguel Sáenz.

A la muerte de su maestro, el joven dinosaurio Hildgunst von Mythenmetz, aspirante a escritor, abandona su Fortaleza de los Dragones natal para ir a Bibliópolis, la Ciudad de los libros soñadores. Su intención es descubrir quién escribió un fragmento literario asombroso que le legó su maestro. En su búsqueda conoce los entresijos del mundo de los libros. Pero, cuando entra en contacto con el gran librero y editor Phistomefel Smeik, éste resulta ser un personaje corrupto que lo encierra en el mundo subterráneo de Bibliópolis. Allí se verá envuelto en peligros sin cuento.

Como en su anterior novela, “Las 13 vidas y media del Capitán Osoazul”, de nuevo Moers hace gala de su característico humor hiperbólico posmoderno y de su potencia imaginativa y descriptiva fuera de lo común. Sin embargo, esta vez el relato está más contenido (aunque sigue siendo largo) y apunta en una dirección que resultará más clara para muchos: ridiculizar el devocionarismo literario y satirizar, de modo inteligente y barroco, la parafernalia y tantos personajes habituales en el mundo de los libros. Así, entre muchos otros encuentros, Mythenmetz sentirá escalofríos al llegar al Callejón Venenoso, donde viven los críticos a sueldo; al pasar por la Avenida de los Correctores de Estilo, escuchará los gemidos y pestes de los correctores cuando leen gazapos; el agente literario Arco de Arpa, una especie de jabalí gordo, le abrirá nuevas perspectivas: “¿Qué me importa, como agente, un genio literario que sólo será descubierto el próximo siglo? Estaré muerto yo también. Lo que necesito son nulidades con éxito”. No están nada mal algunos consejos para escritores: “Si una de tus frases te recuerda la trompa de un elefante que trata de recoger del suelo un cacahuete, piénsala mejor”. O esta, que también podría volverse contra Moers: “Los libros gordos son gordos porque su autor no supo expresarse concisamente”. El trabajo del traductor al castellano tiene mucho de recreación literaria y sus notas al pie proporcionan una información básica para el lector español.

Luis Daniel González

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