La ciencia del adiós

Alianza. Madrid (2007). 277 págs.18 €. Traducción: Pepa Linares.

TÍTULO ORIGINALLa scienza degli addii

GÉNERO

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La ciencia del adiós, escrita por la italiana Elisabetta Rasy, escritora e historiadora del arte, es una biografía novelada de Osip Mandelstam, miembro de una generación de escritores condenados tras la Revolución de Octubre y la implantación del comunismo en Rusia.

Mandelstam, nacido en 1891 en Polonia en una familia judía, pronto se trasladó a San Petersburgo. En el libro se relata su edad adulta a través de su amistad con otros escritores como Anna Ajmatova, de los cambios sociales en la recién nacida URSS y de la evolución de su obra literaria. Pero el centro de la novela es el amor de Osip y Nadia, “Nadiezhda”. Su relación será el hilo conductor que dé sentido al arte y a la vida de Mandelstam. Indiferente a la política antes de la llegada del comunismo, los poemas de Mandelstam eran populistas, distantes de los acontecimientos que agitaban Rusia. Después se volverían más complejos y simbólicos. Sus únicos versos políticos, un poema contra Stalin que nunca fue escrito, valieron a Mandelstam su exilio.

El libro de Rasy ofrece destellos de una época retratada muchas veces, pero bajo un ángulo distinto, tomando a Nadiezhda como el punto focalizador de la historia. A pesar de ser artista ella misma (estudiaba pintura cuando conoció a Osip), Nadiezhda asume un segundo plano a la sombra del talento de su marido. Es la primera que percibe que sobre los versos de Mandelstam pesa la amenaza policial y quien empieza a escribir poemas que hasta entonces el autor sólo guardaba en su cabeza. La novela está salpicada de versos del poeta, entre ellos el que da título al libro: “he aprendido la ciencia de los adioses en el llanto nocturno/ a cabeza descubierta”, haciendo alusión a sus compañeros artistas desaparecidos.

Como en otras obras acerca del periodo, en el libro de Rasy se puede palpar cómo los escritores no afines a la causa soviética experimentan los acontecimientos como una traición de la propia Rusia, un país que en el siglo XIX amó la literatura como ningún otro y repentinamente se había convertido en tumba de artistas. Antes de morir en un campo cerca de Vladivostok, Mandelstam diría con amargura que Rusia es el único país que verdaderamente respeta la poesía: “aquí matan por ella… en ningún otro lugar del mundo ocurre esto”.

Esther de Prado Francia

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