La cabeza del durmiente

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Siruela. Madrid (2003). 295 págs. 18 €.

Según sus propias declaraciones, José María Guelbenzu, novelista crítico literario, ha pretendido representar lo masculino y lo femenino contrastando los distintos talantes de aproximarse a los asuntos de sus protagonistas. Ha querido también acercarse al potencial dramático de los terrores nocturnos de los niños y a la literatura de la sencillez propia de los cuentos populares. En mi opinión ha llegado cerca del primer objetivo y se ha quedado más lejos del segundo.

Dos historias avanzan en capítulos alternos. Un hilo es la vida cotidiana de los Hacienda, Ignacio y María José, y los hijos Pedro y Claudia, de trece y nueve años, centrada en el mundo interior de Claudia: dolida porque la relación especial con su hermano Pedro parece haberse roto, asustada porque ve que Pedro tiene unos sueños espantosos, preocupada porque sus padres piensan mandarlo a un internado debido a que le ven liado con unos ladronzuelos del colegio… El otro hilo es una aventura fantástica en la que un chico llamado Pedro, heredero de un reino, entra en los terrenos vecinos a los que su padre le ha prohibido entrar y allí se pierde y ha de cumplir unas extrañas tareas para lograr salir.

Están bien dibujadas las relaciones familiares y, sobre todo, es atractivo el personaje de Claudia; se podría discutir si su capacidad reflexiva no está exagerada, pero en cualquier caso refleja matizadamente todo el mundo interior de una niña sensible; también se podría pensar que algunos tramos de vida familiar son innecesarios, pero sea como sea no estorban. Menos conseguida me parece la parte fantástica: está bien construida, pero es en exceso artificiosa y algunas cosas parecen suceder arbitrariamente. En cualquier caso, la historia está contada sin bajar el nivel: el autor no ha buscado lectores fáciles ni elogios en los colegios, sino hacer hincapié sobre los movimientos de conciencia que sufren Claudia y los demás personajes. Y así consigue que los lectores atentos se pregunten cómo abrir puertas a esos misterios que hay dentro de tantas cabezas durmientes, las cercanas y la de uno mismo.

Luis Daniel González