La búsqueda de Dios

TÍTULO ORIGINALThe Quest for God

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Planeta. Barcelona (1997). 290 págs. 2.100 ptas.

Paul Johnson (británico, nacido en 1928), autor, entre otras obras, del conocido Tiempos modernos (ver servicio 110/89), ha publicado una defensa de la religión y, más en concreto, de la católica, que es la suya por familia desde hace mucho tiempo. Johnson está convencido de que “en un mundo sin Dios no existe base real para el altruísmo, predominan la anarquía moral y la satisfacción individual”. Y, sin embargo, “nuestra ignorancia de Dios tiende a ser cada día mayor”. Johnson, historiador y divulgador, intenta explicar las dudas, rechazar las objeciones y, en definitiva, mostrar el atractivo de la fe.

Con ese método trata de la existencia de Dios, de su esencia, del hombre, de la naturaleza de la Iglesia, del mal, de la vida futura, del infierno, del cielo. En definitiva, una especie de “en qué creo”. No rehúye ningún tema.

Extrema viveza

Es probable que un teólogo profesional y ortodoxo encuentre en este libro afirmaciones que, al no ser precisadas lo suficiente, quedan ambiguas. Como, por ejemplo: “No sólo creo que la salvación es posible fuera de la Iglesia a la que pertenezco, sino también pienso que es mucho más probable que algunos encuentren la vía de salvación fuera de mi Iglesia, en otras Iglesias o en ninguna de ellas”. Precisión posible y quizá necesaria: fuera de la Iglesia en cuanto sociedad, pero no fuera del ala de la Iglesia, pues la fundada por Cristo sólo puede ser una.

Sin embargo, a cambio de eso, hay una extrema viveza, asequible y atractiva para muchos, en temas como la oración, que “en cierto sentido es el arma más poderosa de todas”. Y sigue Paul Johnson: “Si alguien me comenta: No creo en Dios, ¿cómo voy a rezarle?, yo le contesto: Eso no tiene nada que ver. Puede que no creas en Dios, pero eso no quita que Él crea en ti. La existencia de Dios no depende de que tú creas en Él”.

La existencia del mal

O en el capítulo sobre la existencia del mal, en el que se recuerdan y debaten todos los tópicos que han intentado extraer de ese hecho la inexistencia de Dios. Después de repasarlos, Johnson concluye que, por un lado, el mal tiene mucho que ver con que Dios ha hecho al hombre libre. Y para los males que no dependen de la libertad, expresa su convicción de que Dios tiene siempre un propósito de bien. Y que el hombre no es quien para juzgar a Dios. Mi posición, dice, puede parecer simplista, pero no mucho más que la excluye a Dios, de un plumazo, por el hecho de que junto a una multitud de bienes haya también males.

Johnson anota aquí otra observación inteligente: además de males cuya razón no nos podemos explicar, también recibimos bienes inmerecidos. Y también en la buena suerte -se podría añadir- aparece un designio divino que no acertamos a desentrañar. Esto da pie al autor a hacer una confesión de modestia en relación con el sentido del mal: “Quizá no sea yo, que apenas he sufrido el mal, la persona adecuada para justificar que Dios lo tolere”. Hay que remitirse a la experiencia de quienes más saben de este misterio: “Aquellos que han sufrido continuamente y con dolor, y que han sobrevivido sin amargura o han conseguido superar el resentimiento, son los que pueden justificar los designios de Dios para con el hombre”.

La teología y el sexo

Menos claro, por más difícil, es el capítulo dedicado a la sexualidad. No se distingue claramente que Dios, muy por encima de la experiencia humana, no cabe en categorías sexuales. Y de esas observaciones algo confusas se deducen apreciaciones históricas sobre el sacerdocio.

Paul Johnson llega a escribir: “Creo que viviré para ver a las mujeres en el sacerdocio de la Iglesia católica y que es muy posible que mis nietos vivan para ver a una mujer en el cargo de papa”. Es ahí, en algunos temas especialmente delicados, donde se muestra la ausencia de una estricta formación teológica. A esas cuestiones, las respuestas no pueden ser de simple opinión, sin más estudio.

En definitiva, el mérito principal de este libro es el de abordar, con una prosa sencilla y amena, todas las cuestiones palpitantes de la fe, también en este tiempo. Todos los tópicos comunes, todo aquello que sale de ordinario en los medios. Y, aunque algunas cuestiones sean resueltas precipitadamente, en conjunto la obra es una inteligente apología.

Rafael Gómez Pérez