Karl Marx y la tradición del pensamiento occidental

Encuentro. Madrid (2008). 124 págs. 18 €. Traducción: Marina López y Agustín Serrano de Haro.

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Junto al ensayo sobre Karl Marx que da título al libro, se incluyen también las Reflexiones sobre la revolución húngara, redactadas en 1957 al hilo del levantamiento anti-comunista de Hungría sofocado por la Unión Soviética. Ambos escritos abonan la tesis común de que el marxismo es el eslabón que conecta la tradición occidental de pensamiento con el hecho sin precedentes del surgimiento de los totalitarismos en el siglo XX. A esclarecer este desconcertante fenómeno había dedicado la autora una de sus obras maestras –Los orígenes del totalitarismo (1952): cfr. Aceprensa 113/06-; aquí trata de reanudar esa consideración, pero bajo otro punto de vista.

Al hablar del trabajo en la concepción marxista, señala que la depreciación de la labor, ordenada a las necesidades de la subsistencia, en la política y la filosofía griega, cambió radicalmente de signo cuando Marx elevó el trabajo al espacio público y lo extendió categorialmente a todo hombre. No obstante, Hannah Arendt examina con perspicacia cómo Marx depende del modo de plantear los griegos la escisión entre teoría, política y praxis, y de la asunción dialéctica de estos extremos en el sistema hegeliano.

Ligado a ello está el problema del enlace entre el ámbito de las necesidades y el reino de la libertad, que en el planteamiento marxiano queda aplazado a la situación utópica de una sociedad sin clases, sin Estado, sin mercado…A mi entender, uno de los olvidos fundamentales de Marx es que el trabajo no es sólo relación humana transitiva y transformadora de un término natural -que lo es, y acaso en ello esté su mayor aportación antropológica-, sino inseparablemente una relación inmanente que mira a la humanización del propio hombre (en este sentido, la comprensión cabal del trabajo no se logra en términos dialécticos).

El segundo ensayo, más circunscrito histórica y temáticamente, desarrolla la tesis marxiana de que nadie que sea gobernado ni que gobierne sobre otros puede ser libre (tesis basada en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo). Esto aboca al gobierno de nadie, que aparece primero con la burocracia y que ilumina la fisonomía de los totalitarismos contemporáneos (en que el sistema reemplaza a los déspotas) y su génesis a partir del pensamiento de Marx.

Con todo, los estallidos de rebelión en Polonia, Hungría o Checoslovaquia antes de la caída del muro no tienen su explicación en la dialéctica inherente a la ideología marxista, sino en el lógico y natural rechazo a toda forma de totalitarismo. Con fuerza lo expone Arendt a lo largo de estas penetrantes páginas, y en particular cuando dice: “La voz del Este de Europa, hablando con tanta sencillez y llaneza de libertad y verdad, sonó como una última afirmación de que la naturaleza humana es incambiable, de que el nihilismo será vano, de que incluso en ausencia de toda enseñanza y en presencia de un abrumador adoctrinamiento, el anhelo de libertad y de verdad surgirán siempre de la mente y del corazón del hombre”.

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