Kamchatka

Marcelo Figueras

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Alfaguara. Madrid (2003). 335 págs. 17 €.

Argentina, 1976, época del golpe militar. El narrador es un adulto que recuerda unos meses de su infancia, cuando tenía diez años y su mundo habitual se desmoronó: sus padres abandonan sus ocupaciones sin avisar a nadie, y les llevan a él y a su hermano pequeño a una casa de campo donde adoptan todos una nueva identidad. Una día, jugando con su padre a un juego de mesa sobre tácticas y estrategias de guerra, el pequeño Harry consigue acorralarlo en Kamchatka, pero no logra vencerlo aun teniéndolo todo a su favor. Y ese lejano país quedará en su memoria como un símbolo: un lugar donde siempre se puede vivir y resistir, una demostración del valor de las ficciones infantiles.

Después de firmar el guión de la película homónima (ver servicio 157/02), el autor decidió escribir una novela. El resultado es un relato inusualmente fresco a pesar de que podría ser más tenso: hay digresiones innecesarias y algunas escenas podrían ser más eficaces. A veces resulta un estorbo la voluntad de ser literario en una narración coyuntural cuya eficacia se basa, entre otras cosas, en la multitud de acertadas referencias a personajes reales o ficticios del momento en que suceden las cosas, y a otros del tiempo actual.

Dicho esto, hay que añadir que Kamchatka tiene acentos verdaderamente mágicos para quienes vivieron los setenta, y vieron series de televisión como Los Invasores, o leyeron tebeos de superhéroes y discutieron entonces sobre si Superman era o no superior a Batman, o anduvieron kilómetros en viejos Citroën Dos Caballos. Pero, además de lo que tiene de ducha de nostalgia, Kamchatka contiene diálogos chispeantes y episodios divertidos que recogen con agudeza muchas actitudes infantiles. Es, también, un relato de vida familiar cálida, donde las dificultades vitales propician más aún que fluya el afecto en todas las direcciones: entre padres e hijos, de los hermanos entre sí. Y en este punto Kamchatka obtiene una nota muy alta entre historias más o menos parecidas: es infrecuente tropezar en novelas de hoy con unos padres “que sean tan sabios en el dolor, en el arte de la pérdida, en la forma de lidiar con muertes tan tempranas y tan violentas”.

Luis Daniel González