Juego de espías

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SpiesSalamandra. Barcelona (2003). 254 págs. 12 €. Traducción: Íñigo García Ureta.

El inglés Michael Frayn, traductor de Chéjov y otros dramaturgos rusos, y autor teatral de reconocido prestigio él mismo, ha urdido en esta novela una trama sobre juegos y amistades de infancia, sobre secretos y complicidades familiares. En ella Stephen Wheatley vuelve a las calles de Londres, donde pasó su infancia durante la II Guerra Mundial, y recuerda lo que sucedió desde que su mejor amigo, Keith Hayward, le dijo un día que su madre era una espía alemana, y entre los dos deciden vigilarla estrictamente…

El autor ha elegido la perspectiva de un hombre mayor que, siguiendo un rastro de olores y sonidos y escenarios, intenta recapturar sentimientos y sucesos de su infancia para ponerlos ahora en un contexto más amplio. Ha extremado al máximo el control narrativo para facilitar al lector que siga los mismos pasos que da el protagonista. Ha dibujado bien los contrastes entre los Wheatley y los Hayward, y ha caracterizado magistralmente las personalidades del sufridor y bondadoso Stephen y las de todos los Hayward: el altivo y brillante Keith, su padre frío y amenazante, su madre amablemente distante y secretamente angustiada.

Quizá, en el último y revelador capítulo, sea una innecesaria vuelta de tuerca el aclarar el pasado familiar del narrador: aunque ilumina muchos comentarios anteriores su finalidad parece ser únicamente dejar más cerrada una historia que se sostendría igualmente bien. En cualquier caso es algo poco relevante frente, por ejemplo, a lo bien que Frayn atrapa el mundo lógico-imaginativo de los niños. O frente al talento que se nota en que sus descripciones siempre resultan interesantes, y que sus comparaciones e imágenes no son nunca manidas.

Al final, el lector verá cómo se ha convertido también él en un espía, en un observador y evaluador de las consecuencias que tienen acciones supuestamente inocentes. Y habrá caído un poco más en la cuenta de que lo que no vemos es con frecuencia lo más importante: y no me refiero a lo que ve o deja de ver el pequeño Stephen, sino a que lo decisivo, en la novela y en la vida, es el mundo interior de un chico justo en los momentos en que tiene una clara conciencia de que se adentra en territorios movedizos.

Luis Daniel González

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