Isidoro Zorzano

José Miguel Pero-Sanz

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Palabra. Madrid (1996). 464 págs. 2.500 ptas.

Entre los centenares de cristianos propuestos para la canonización hay gentes de todas las condiciones y formas de ser. En el caso de Isidoro Zorzano (1902-1943), quizá el principal interés estribe en que su vida tuvo poco de extraordinario. Durante tres años excepcionales, los de la guerra civil española, que pasó en Madrid, dio muestras de heroísmo silencioso, en la ayuda a perseguidos, arriesgando su propia seguridad. Pero antes y después fue “sólo” un ingeniero competente, que en su vida diaria supo impregnar de fuerte sabor cristiano toda su actividad.

Zorzano nació en Buenos Aires de padres españoles, que pocos años después regresaron con sus hijos al país de origen. En Logroño, durante el bachillerato, conoció a Josemaría Escrivá, condiscípulo de la misma edad. Los dos amigos volvieron a encontrarse varias veces en Madrid desde 1927. Por entonces, Escrivá era sacerdote y había fundado en 1928 el Opus Dei, al que Zorzano se adhirió dos años después, siendo uno de los primeros miembros.

Esto fue determinante en su vida, aunque no cambió sus circunstancias externas. Zorzano siguió hasta 1936 en Málaga, donde trabajaba como ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces y como profesor de la Escuela Industrial, a la vez que desarrollaba otras actividades, por ejemplo, como directivo de la Sociedad Excursionista o cofundador del Colegio de Ingenieros. Lo nuevo fue su creciente empeño por santificarse en su profesión y por ayudar a quienes le rodeaban, también mediante un intenso apostolado. Llegado a Madrid pocas semanas antes de que estallara la guerra, transcurrió los tres años siguientes entre penurias y peligros por atender las necesidades espirituales y materiales de los otros miembros del Opus Dei, de sus familias y de otras muchas personas. Al llegar la paz, Zorzano volvió a la normalidad: siguió en Madrid, trabajando para la compañía estatal de ferrocarriles, hasta que una larga y dura enfermedad le llevó al hospital y le causó la muerte.

José Miguel Pero-Sanz, director de la revista Palabra, logra que el lector termine sintiendo muy próximo y entrañable a Zorzano. No por detenerse en panegíricos (el autor evita hacer comentarios), sino por los mismos hechos que relata, reunidos en una larga investigación. Deja ver, así, que Zorzano era una persona de extraordinaria calidad moral, desarrollada en la vida corriente; un hombre con familia, con amistades, con aficiones, y con flaquezas. Su santidad se gestó despacio, paso a paso, con la ayuda y consejos del Beato Escrivá. Y se manifestó en su intensa dedicación al trabajo, en la normalidad y caridad patentes en su trato -que le ganó el afecto de colegas, obreros y alumnos-, en su personal austeridad, sin alardes; en diarios detalles familiares que esta biografía revela.

Rafael Serrano

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