Iconos latinoamericanos. 9 mitos del populismo del siglo XX

Ciudadela. Madrid (2008). 278 págs. 17,50 €.

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La profesora Inger Enkvist, hispanista de la Universidad de Lund (Suecia), somete a examen la iconología latinoamericana diseccionando a nueve personajes que han alcanzado, en el imaginario del subcontinente -y del resto del mundo- categoría de fetiches. Los elegidos son Gardel, Evita, Rigoberta Menchú, Pablo Escobar Gaviria, Fidel Castro, Frida Kahlo, García Márquez, Maradona y, cómo no, el Che Guevara. Es un libro de asombroso parecido -en su intención y personajes- al de Juan José Sebreli Comediantes y mártires (Debate, 2008), con el que el argentino ganó el año pasado el premio Debate-Casa de América.

Un propósito fundamental está detrás de este análisis: descubrir los valores que subyacen al aura heroica de aquellas figuras; valores que, en buena medida, son más bien antivalores. Hay, según la autora, algo de proyectivo en esta admiración del defecto, como si la problemática sociedad latinoamericana quisiera canonizar los males que padece, en vez de combatirlos: la paternidad irresponsable, la fascinación populista, el esteticismo sin ética, el caudillismo, el complejo frente a los Estados Unidos, la aprobación del éxito obtenido por cualquier medio, la mentira, la violencia. Rasgos que, de una forma u otra, están representados en los nueve personajes de que trata la profesora Enkvist, como intenta demostrar resumiendo sus vidas.

Esto último no favorece demasiado al libro, porque la parte de los esbozos biográficos es -aunque la autora la oriente según su enfoque- bastante más amplia que la propiamente analítica, confinada casi a las breves páginas de la introducción y las conclusiones.

Se trata, en cualquier caso, de un intento raro y políticamente incorrecto de tratar el problema del subdesarrollo de América Latina no como un mero condicionante económico del que un día vendrá a librarla la revolución, sino como un conjunto de factores pertenecientes al campo de la psicología social pero también al del interés político, que ha sacado provecho de fomentarlos a través de un discurso moralmente tergiversador. En este sentido, y como declara la propia autora, el libro orbita en la misma línea de Lawrence Harrison, autor de El subdesarrollo está en la mente, o de Carlos Rangel, con Del buen salvaje al buen revolucionario.