Esther en alguna parte

Eliseo Alberto

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Espasa. Madrid (2005). 198 págs. 19,90 €.

En las tres novelas anteriores del cubano Eliseo Alberto había dos rasgos comunes: un ambiente poético y una influencia clara de su maestro y amigo, García Márquez. Las dos líneas vuelven a reintegrarse en el conjunto de la narración. Por un lado, nunca faltarán caracterizaciones poéticas, adjetivos muy bien colocados, descripciones de estados de ánimo que rozan el ámbito de la lírica, frases que bien pudieran haber sido versos, citas de poetas cubanos clásicos como Virgilio Piñera o su propio padre, el poeta Eliseo Diego, que enmarcan algunos de los hechos o sentimientos de los personajes. Por otro lado, la energía verbal, la afirmación contundente, la enumeración prolija, las continuas exageraciones, la sentenciosidad de las opiniones de algunos personajes, el humor y el fino erotismo, y hasta rasgos evidentes de estilo, son de ascendencia garcimarquina, algo que el cubano no puede ni, al parecer, desea ocultar.

De las novelas de Eliseo Alberto, tanto “La eternidad por fin comienza un lunes” como “La fábula de José” se perdían en el piélago de la abstracción lírica. Muy diferentes son, en ese sentido, “Caracol Beach” (su segunda novela, Premio Alfaguara) y “Esther en alguna parte”. En esta última novela hay personajes de carne y hueso que actúan, que sienten, entran, salen, dialogan, pasan miedo y nos hacen partícipes de sus pobres realidades existenciales. Arístides Antúnez y Lino Catalá, dos viejos decrépitos que viven del pasado, se hacen amigos y se relatan sus experiencias, en un periplo que les lleva a buscar sus propias raíces. Lino, un linotipista (valga la redundancia, como dice el narrador) retirado, acompaña a su amigo Arístides Antúnez, actor de teatro y televisión y comediante, en su empeño por encontrarse con todas aquellas mujeres con las que tuvo relaciones muchos años antes. Para ello, revisan las fichas que el actor posee de ellas donde se cuentan las características de esa mujer, el tipo de relación, las veces que la vio, cuándo fue la primera vez, y qué nombre utilizó para estar con ella. Todo ello es una excusa para contar las vidas de esas personas y del mismo protagonista. Por su parte, Lino también pondrá al corriente a su amigo de sus años pasados con la mujer a la que amó infinitamente, Maruja, y que ha muerto hace algún tiempo.

Por debajo de esta trama, se va evidenciando el único motor de la vida de Arístides: su amor loco por Esther, una niña a la que trató durante muy poco tiempo durante la infancia, que marchó a vivir con sus padres a otro lugar y de la que nunca más supo, pero que dejó una huella indeleble en el futuro actor. Este es quizá el elemento más interesante de la novela, donde el texto adquiere una verdadera dimensión. Sólo cuando se trata de Esther la novela funciona y engancha. En el resto únicamente valoramos los destellos de humor, las frases redondas, el lirismo que aparece de vez en cuando, los dobles sentidos, pero muchas cosas se nos escapan, porque la narración es a menudo deslavazada, y en algunos casos hasta carente de interés. Hay que llegar al final del texto para enlazar varias de las historias que ha contado y observar el desenlace para disfrutar verdaderamente. A la obra le sobran personajes y le falta un hilo conductor en la evolución de la amistad de los dos protagonistas.

Ángel Esteban

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares