Escolios a un texto implícito

Atalanta. (2009). 408 págs. 38,50 €.

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Muy de vez en cuando surgen escritores de los que nunca habíamos oído hablar. Esto es lo que sucedió cuando la exquisita editorial andaluza Papeles del Sitio publicó, en edición de Juan Arana, una fascinante antología de los pensamientos y aforismos del colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). Ya entonces, en reseña que publicamos en Aceprensa (14-11-2007), nos quedamos con ganas de leer más. Gómez Dávila era, sin duda, un rara avis, un filósofo antimoderno -en afortunada expresión de Compagnon- dotado de una inteligencia muy poco usual. La edición completa de sus Escolios a un texto implícito, que acaba de publicar en España la editorial Atalanta, viene a completar aquella primera antología de Juan Arana y muestra a uno de los escritores hispanoamericanos más interesantes del siglo XX.

Interesante por su rareza, por supuesto, pero también por la calidad literaria de una de las prosas en castellano “más transparentes y hermosas” en palabras de Álvaro Mutis. ¿Qué se va a encontrar un lector incauto que se acerca por primera vez a la obra de Gómez Dávila? En primer lugar, el deslumbramiento de un aforista colosal, a la altura de los más grandes cultivadores del género: un pensamiento fragmentario de una rara elegancia que sugiere, de continuo, analogías con los moralistas franceses y con la tradición clásica. En segundo lugar, Gómez Dávila es un escritor católico, que concibe el catolicismo como bastión frente a los desmanes de la modernidad.

Fernando Savater ha escrito que en los Escolios descubrimos una “estética de la resistencia” frente a lo políticamente correcto y en efecto así es. Para Dávila el catolicismo es la Verdad que desnuda las grandes mentiras del mundo y convierte en escándalo el discurso de las ideologías.

No hay ni que decir, que el catolicismo del autor colombiano es amante de la tradición medieval y del latín en misa y que descree de muchas de las innovaciones del último Concilio. Así, por ejemplo, leemos que “el cristianismo degenera al abolir sus viejos idiomas litúrgicos”. Pero se puede leer a Gómez Dávila estando de acuerdo o en desacuerdo con su visión de la fe. Como escribe en uno de estos escolios: “El moderno es el hombre que olvida lo que el hombre sabe del hombre”. En efecto, leer este libro es asistir a un espectáculo de la inteligencia, de la ironía y del pensamiento que pone en duda alguna de nuestras convicciones más seguras, como ese falso mito de que lo nuevo es siempre lo mejor, al tiempo que no puede dejar de sorprendernos el aparente anonimato de uno de los autores más lúcidos y divertidos del pasado siglo XX.

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