En las kátorgas del zar

En las kátorgas del zar

AUTOR

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALAf tsarisher katorge

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2025)

Nº PÁGINAS432 págs.

PRECIO PAPEL26 €

GÉNERO

Al escritor judío Leyvik Halpern (H. Leyvik), nacido en Bielorrusia a finales de la década de 1880, su actividad revolucionaria contra el régimen zarista le llevó a degustar muy tempranamente los rigores de varias kátorgas, prisiones a las que la administración imperial enviaba a los condenados por delitos comunes o por razones políticas, y en las que las condiciones materiales constituían un castigo añadido al propio cautiverio. 

La experiencia la narra Leyvik en primera persona: arrestado en 1906, con 18 años, el autor es condenado por los tribunales a pasarse el resto de sus días en el Lejano Oriente ruso. Pero antes de llegar allá habrá de pasar varios años encadenado en un penal en Minsk, donde quitarse los hierros para dormir puede costarle muchos días en la absorbente oscuridad de una mazmorra en la que el solo hecho de que no haya ratas le provoca una rara euforia.

La prisión bielorrusa es la antesala de otra kátorga: la de Butyrka, en Moscú, donde compartirá una temporada en una apretada celda junto a otros siete prisioneros y un singular “noveno”: la imagen de un Cristo crucificado, al que, por su tradición religiosa judía, no le ahorra reproches, como tampoco otros de sus compañeros. La mitad de ellos son correligionarios de lucha política; los otros, delincuentes comunes, ladrones, asesinos… 

El destino final de este viaje penal es lo más recóndito de Siberia: tras una interminable marcha a pie a través de la estepa, los condenados suben a una barca que, a lo largo del río Lena, va dejando en sus orillas a los grupos de condenados al exilio perpetuo. Durante todo el trayecto, Leyvik ha ido conociendo la bondad de los extraños y, paradójicamente, la miseria instintiva de los que se piensan amigos. 

La narración que hace Leyvik de sus prisiones es una rica aproximación a la psicología humana, a sus afectos y pasiones en un contexto enormemente adverso, y una excelente descripción del submundo de dolor y gritos de desgarro que muy arriba, en la superficie, los valses de la corte imperial rusa no dejaban escuchar. Un verdadero infierno al que, curiosamente, puesto a hacer comparaciones, el autor dejaría en mejor lugar: “Cuando los gobernantes soviéticos alcanzaron el poder, todo sería aún más terrible”. Pero esa historia ya la contaría Solzhenitsyn.

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