El Weir de Hermiston

TÍTULO ORIGINALWeir of Hermiston

GÉNERO

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Robert L. StevensonAlianza. Madrid (1995). 158 págs. 500 ptas.

Aunque inacabada, esta novela ha de ser considerada como una pequeña obra maestra dentro la narrativa del famoso escritor escocés, muerto a los cuarenta y cuatro años (ver servicio 136/94). Sin embargo, esta edición incluye un pequeño apéndice con el desenlace de la historia, que se conoce gracias a las notas tomadas por su hijastra durante su composición.

Ambientada en la Escocia de principios del siglo pasado, la novela tiene el aura de las viejas historias familiares destinadas a permanecer en la cultura de cada país. El propio Stevenson evoca en la introducción una trágica leyenda escocesa, que será el marco que englobe y mitifique la historia que se propone narrar. La vida de Archie Weir, joven estudiante de Derecho, es la encarnación del constante dilema entre la justicia humana y la bondad, entre el deber y la misericordia. Este enfrentamiento es el perfecto reflejo de sus padres: una madre puritana y timorata, frente a un padre -Lord Hermiston- autoritario y esclavo de su trabajo como presidente de un alto tribunal de justicia. A la muerte de la madre, la incompatible relación entre el padre y el hijo termina con el exilio de Archie a la casa de campo familiar. Allí conoce a la joven Kirstie, con la que comienza a entrevistarse en secreto…

Se adivina en el protagonista cierta semejanza con la vida del propio Stevenson -incomprensión paterna y primera aventura amorosa-, así como la lucha de fuerzas contrapuestas en la persona humana, tan magistralmente descritas en El Dr. Jekill y Mr. Hyde. Al estilo de las viejas leyendas célticas, presenta la novela el apego a la tierra y “el sentido de identidad con los muertos”. Sin embargo, esta estela romántica no dirige la narración, más bien enriquece su sobriedad con el tinte propio de las historias imperecederas.

Pablo de Santiago