El tío Tungsteno

TÍTULO ORIGINALUncle Tungsten

GÉNERO

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Anagrama. Barcelona (2003). 350 págs. 17,50 €. T.o.:. Traducción: Damián Alou.

Oliver Sacks (Londres, 1933), neurólogo, es autor de divertidos libros de divulgación como Un antropólogo en Marte (ver servicio 156/97) o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. El tío Tungsteno es unas memorias sobre la afición de Sacks, desde la infancia hasta bien entrada la adolescencia, a la química. De paso cuenta entrañables historias de una muy numerosa familia judía, variada, excéntrica a veces.

Lo que convierte a este libro en algo singular es que da la historia de los avances teóricos y prácticos de la química desde el siglo XVII hasta la teoría cuántica, con Niels Bohr y otros. Y esa historia es explicada mediante experimentos concretos que hace el autor, ya en la fábrica de su tío Tungsteno (un apodo para uno de los principales fabricantes de bombillas) como en su propio laboratorio, ya de adolescente.

Junto a todo esto hay una concepción de la ciencia, que se hace, sin querer, filosofía, una visión sobre la unidad maravillosa a la que obedece todo el universo. Hasta tal punto, por ejemplo, que Sacks, que confiesa no tener fe, cuando ve en su conjunto “la hermosa economía mediante la cual millones de compuestos se creaban a partir de unas decenas de elementos” hace la observación de que “todo era lo bastante bello como para ser obra de Dios”.

Por este libro desfilan, entre otros muchos, Avogadro, Becquerel, Bohr, Boyle, Dalton, Davy, Edison, Einstein, Faraday, Gay-Lussac, Hertz, Kirchhoff, Lavoisier, el matrimoio Curie, Maxwell, Mendeléiev, Roetgen…, entre otros muchos. La química ha sido tradicionalmente para muchos -basta recordar la larga historia paracientífica de la alquimia- un territorio apasionante. Pero hoy precisamente, cuando la química se hace casi una con la física y hasta con la biología, cuando lo que parecía disperso se une cada vez más, libros como éste contribuyen, y, además, con amenidad, a no perderse la siempre atractiva aventura de la ciencia. Y los profesores de química tienen aquí un arsenal para hacer de esta asignatura algo clave en la formación científica. Harían mal en desaprovecharlo.

Rafael Gómez Pérez

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