El sentido de la vista

TÍTULO ORIGINALThe Sense of Sight

GÉNERO

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Alianza Editorial. Madrid (2006). 319 págs. 30 €. Traducción: Pilar Vázquez Álvarez.

Aunque en esta recopilación de escritos de John Berger -literato, crítico y pintor inglés- se cuelen digresiones del autor sobre el lenguaje y la narración, la emigración, el viaje y la muerte, son los ensayos relativos a obras de arte y la pintura los que destacan. Incluso los varios escritos infiltrados de ideología política -unas veces más revolucionaria, otras veces más pausada- revelan cierto anhelo de rebelión contra toda doctrina, un deseo de regresar a una “normalidad” capaz de imaginar que un “paisaje parezca ilimitado”.

Nos interesan sus ideas en torno a la visibilidad, la visión y la mirada, ya que “experimentamos como absolutamente momentáneo todo lo que vemos en la pintura”. Para Berger la belleza, “se encuentre donde se encuentre… es siempre una excepción… por eso nos emociona”. A través del arte el hombre ha intentado “transformar lo instantáneo en permanente”. Entonces ¿nos engaña el sentido de la vista? El espectador resulta afirmado cuando reconoce y confluyen en él lo que es y lo que ve y siente al verlo. La emoción estética que provocan ciertos detalles de la naturaleza implica que “la energía de nuestra percepción se hace inseparable de la energía de la creación”. Realmente, ¿”lo que ves es lo que ves; nada más”, si “todo depende de la visión del mundo de la persona que piense en ello”? Berger parece que a veces se contradice.

Teniendo en cuenta estas premisas sobre nuestra percepción de la realidad, en Durero, retrato del artista, desentraña las diferencias y similitudes de dos autorretratos para profundizar en la experiencia del genial creador. El autor revela cómo Goya, con sus dos versiones de “La Maja”, consigue “modificar nuestra manera de mirarla”; y en los desnudos de Bonnard, a través del color, la imagen “se adueña de un dominio”. Desvela por qué Modigliani, mediante su método pictórico, trata en sus obras del hecho de estar enamorado; destaca la “mirada” de Hals, capaz de pintar las apariencias.

El capítulo sobre el cubismo analiza el proceso de transformación de este movimiento que “cambió la naturaleza de la relación entre la imagen pintada y la realidad”. En un intento del impresionismo de preservar la experiencia, a través de “Los ojos de Claude Monet” muestra que lo experimentado ante una pintura depende de una “nueva relación entre lo que estás viendo y lo que has visto”. El momento representado se hizo cada vez más indeterminado para llegar a ser una opción de elección personal, tal y como señala en otro capítulo “La Pintura y el Tiempo”. “El infinito anhelo de realidad” de Van Gogh suscitó que sus cuadros “imitaran la existencia activa de lo que representan”.

Teresa Herrera Fernández-Luna

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