Hugo Claus (Brujas, 1929) es un inquieto y polifacético artista. Como novelista se inició en 1962 con la publicación de El asombro. Siguieron La pena de Bélgica, Una dulce destrucción y El pez espada.
El pez espada cuenta las peripecias de Maarten, un hijo de padres separados, único estudiante de ética en un colegio de provincias donde se imparte religión. A escondidas de su madre, una profesora solterona le transmite algunas ideas religiosas. El muchacho filtra sus experiencias a través del duro protagonista de westerns Clint Eastwood y de sus rudimentarias nociones del catolicismo, que le llevan a confundir, por ejemplo, el Gólgota con Goliath. En sus correrías aparecen diversos personajes de una ciudad de provincias belga.
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Al mismo tiempo el lector se da cuenta de que, sin la pureza del muchacho, todos -hombres y mujeres- adoptan diversos disfraces con los que ocultar una vida llena de fracasos y decepciones. Lo que es inocencia y naturalidad en el niño, en los mayores se convierte en falsedad y en soporte de su existencia.
El autor aprovecha esta ligera trama para revisar, con ironía y humor, no sólo la vida de esas personas, sino también la de Europa y la del mundo occidental. El ecologismo, el amor, el matrimonio o el aborto son pasados por la mirada inocente del muchacho, que no entiende casi nada y que se identifica con un pez espada, a quien “a veces se le rompe la punta de la espada, porque tiene que ir a toda prisa, angelical a la vez que bestialmente, a hacer picadillo a los pecadores”. Aunque en el relato hay una secundaria trama policiaca, apenas sucede nada. Simplemente discurren en paralelo las aventuras del muchacho y el relato de Richard, un borracho que asesinó a su mujer.
La novela atrae por sus frases breves y por la escasez de recursos con los que su autor mantiene el relato. Su ironía -sarcasmo a veces- tiñe la narración de ambigüedad; ni siquiera se sabe si la inocencia religiosa del muchacho es en el fondo otra ironía, otra crítica. La novela deja un sabor amargo. Recuerda a los cuadros de Hooper o de Hockney, en los que la aparente sencillez esconde una profunda tristeza.