El pez espada

Siruela.

Madrid (1992).

64 págs.

1.500 ptas.

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Hugo Claus (Brujas, 1929) es un inquieto y polifacético artista. Como novelista se inició en 1962 con la publicación de El asombro. Siguieron La pena de Bélgica, Una dulce destrucción y El pez espada.

El pez espada cuenta las peripecias de Maarten, un hijo de padres separados, único estudiante de ética en un colegio de provincias donde se imparte religión. A escondidas de su madre, una profesora solterona le transmite algunas ideas religiosas. El muchacho filtra sus experiencias a través del duro protagonista de westerns Clint Eastwood y de sus rudimentarias nociones del catolicismo, que le llevan a confundir, por ejemplo, el Gólgota con Goliath. En sus correrías aparecen diversos personajes de una ciudad de provincias belga.

Al mismo tiempo el lector se da cuenta de que, sin la pureza del muchacho, todos -hombres y mujeres- adoptan diversos disfraces con los que ocultar una vida llena de fracasos y decepciones. Lo que es inocencia y naturalidad en el niño, en los mayores se convierte en falsedad y en soporte de su existencia.

El autor aprovecha esta ligera trama para revisar, con ironía y humor, no sólo la vida de esas personas, sino también la de Europa y la del mundo occidental. El ecologismo, el amor, el matrimonio o el aborto son pasados por la mirada inocente del muchacho, que no entiende casi nada y que se identifica con un pez espada, a quien “a veces se le rompe la punta de la espada, porque tiene que ir a toda prisa, angelical a la vez que bestialmente, a hacer picadillo a los pecadores”. Aunque en el relato hay una secundaria trama policiaca, apenas sucede nada. Simplemente discurren en paralelo las aventuras del muchacho y el relato de Richard, un borracho que asesinó a su mujer.

La novela atrae por sus frases breves y por la escasez de recursos con los que su autor mantiene el relato. Su ironía -sarcasmo a veces- tiñe la narración de ambigüedad; ni siquiera se sabe si la inocencia religiosa del muchacho es en el fondo otra ironía, otra crítica. La novela deja un sabor amargo. Recuerda a los cuadros de Hooper o de Hockney, en los que la aparente sencillez esconde una profunda tristeza.