El origen del mundo

Jorge Edwards

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Tusquets. Barcelona (1996). 166 págs. 1.800 ptas.

Como el título sugiere, esta novela trata un tema que ha sido común a la humanidad desde sus orígenes. Con un argumento muy sencillo y una acción que dura apenas una semana, el autor desarrolla una historia de celos apoyada en una de las más clásicas versiones del triángulo amoroso: marido anciano, mujer mucho más joven y probable -no probado- amante, mujeriego y bebedor. Para colorear el cuadro, poco original, utiliza Edwards el sugestivo marco del París actual, en especial Montparnasse, y el ambiente de los exiliados hispanoamericanos, chilenos sobre todo.

La obra se instala en el clima narrativo tan postmoderno del desencanto, la nostalgia y la decadencia. Los personajes son ex progresistas que permanecen en el exilio por desgana, por desfase existencial, pero no porque nadie les persiga en su país de origen. Sus cuerpos y almas están fatigados de tanto alcohol, drogas y sexo, de tanto marxismo, de tantas ilusiones caídas y sepultadas en los escombros del muro de Berlín. La vida cotidiana pasa para ellos casi inadvertida, anclados como están en el esplendoroso pasado del boom latinoamericano de pasadas décadas, cuya capital geográfica y vital fue precisamente París.

Lo mejor de la obra es su ritmo narrativo, pausado, acorde con la edad del protagonista, casi octogenario, y acorde también con la morbosa obsesión que invade su cerebro por averiguar si son ciertas las sospechas de traición entre su mejor amigo y su mujer. Lo sentimental, lo psicológico y lo testimonial se aúnan en el desarrollo de las situaciones de modo hábil, cadencioso, expresivo, para formar un conjunto armónico, triste y también un poco irónico. Los antiguos revolucionarios aparecen enredados en algo tan arcaico y burgués como la fidelidad conyugal. El estilo, lleno de chilenismos, está muy cuidado, como corresponde a un libro que se apoya en la forma para equilibrar la poca profundidad de su fondo. El hastío, el cansancio que conduce incluso al suicidio, en el caso del amigo, o la ansiedad, en el del marido, se atribuyen, deliberadamente, a los engaños de Stalin y sus secuaces. No se menciona en cambio el vacío espiritual de quienes parecen haber vivido sólo para disfrutar de placeres entre los que el erótico ocupa un lugar predominante, a juzgar por las numerosas páginas en las que a él se alude.

Pilar de Cecilia