El octavo día

Automática.

Madrid (2013).

530 págs.

27 €.

Traducción: Enrique Maldonado Roldán.

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 79/13

Publicada en 1967, es la penúltima novela que escribió Thornton Wilder (1897-1975). Esto importa porque requiere un gran dominio abordar y controlar un argumento que, centrado en un acontecimiento singular, abarca cuatro generaciones y toca muchas teclas distintas. Tiene partes de intriga detectivesca, y de huida y persecución; otras de lucha por sobreponerse a la pobreza, y también de ascensos sociales fulgurantes; otras de denuncia de los abusos laborales sobre los que se construyen algunas fortunas; otras de reflexión, sobre las consecuencias que tiene una u otra educación, sobre los cimientos de los Estados Unidos, y sobre la imposibilidad de comprender los destinos humanos…

Luego, el relato avanza hacia delante y hacia atrás con fluidez: el autor mantiene al lector en vilo, anunciando cosas que ocurrirán, buscando explicaciones en el pasado, y siendo también un tanto impredecible. A la historia tal vez le sobran algunas divagaciones y preguntas retóricas en boca del narrador o en la de algunos personajes.

En un extraordinario prólogo se presentan el escenario –Coaltown, una ciudad provinciana minera de Illinois–, los personajes y el misterio principal: el año 1902, al director de la empresa minera, Breckenridge Lansing, su amigo y gerente de la mina, John Ashley, le disparó por la espalda en presencia de sus esposas, Eustacia y Beata.

En sucesivos capítulos la novela sigue la escapada de Ashley hasta Chile, donde acaba trabajando en otra empresa minera; la marcha de su hijo Tom a Chicago, con 17 años, y cómo se abre camino como periodista; la vida de la esposa, Beata, y sus tres hijas, que se quedan en el pueblo y terminan abriendo una pensión; y la de Eustacia y sus dos hijas e hijo. También, el relato va echando atrás la vista para saber quiénes fueron los padres alemanes de Beata y los criollos de Eustacia, y encontrar ahí algunas explicaciones o justificaciones de lo que vendría posteriormente.

Al final del relato tendremos la explicación del título que se propone al principio, en una fiesta para dar la bienvenida al nuevo siglo, cuando un médico escéptico anuncia que la humanidad inicia una nueva etapa en la que habrá un hombre nuevo, el hombre del octavo día. Esta es una de las muchas referencias de toda clase: a la antigüedad romana; a obras literarias de muchos lugares, rusas en particular; a canciones de tipo popular o religioso, etc. Son también abundantes las explicaciones caracteriológicas: se hacen generalizaciones amplias y se obtienen, a veces, conclusiones excesivas.

Pero al lector no le importará mucho, pues la tensión es continua y, aparte del interés que tienen las historias sobre ascensos sociales y lucha por salir de la pobreza, surgen aquí y allá personajes secundarios magníficos. Luego, es sensacional el entretejido de vidas humanas del que, intenta decir el narrador, nace Norteamérica; se conduce bien a la idea de que la vida es para nosotros como un tapiz por detrás, todo hilos y nudos, y “no es posible ver el diseño de conjunto”, afirma un personaje un tanto místico. Por último, el desenlace no defrauda.

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