El nombre que ahora digo

Antonio Soler

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Espasa. Madrid (1999). 290 págs. 2.700 ptas.

Quien se enfrente con esta novela ha de encontrarse con una hermosa historia de amor, pero también con un testimonio -real hasta las tripas- de la guerra civil española. Quizá lo mejor de todo sea la mirada decididamente humana de Antonio Soler, que salva a los personajes del animalismo generalizado del entorno y les eleva, sin que dejen de ser hombres, a modelos de amor, amistad y generosidad.

La novela es un relato a dos voces, a dos tiempos, entre los cuadernos que Gustavo Sintora escribió durante la contienda y la reconstrucción que hace de ellos, ayudado por otros testimonios, el hijo del cabo Solé Vera. El lirismo de uno y el dinamismo del otro hacen que el estilo sea equilibrado, como ya hiciera Soler en Las bailarinas muertas (ver servicio 3/97), novela con la que obtuvo el Premio Herralde.

Por otra parte, según es habitual en él, la saga de personajes secundarios que despliega demuestra que su imaginación está en plena forma. Con la concisión de los maestros, Antonio Soler sobrevuela apenas sobre ellos, pero mostrando la profundidad de su tragedia.

No dejará indiferente esta novela porque resulta imposible que no sobrecoja la cara oscura del hombre durante la guerra; sin embargo, y aun siendo verdad que no resulta apta para todos los estómagos, es de agradecer que no se centre en lo puramente destructivo. Soler escarba en la ansiedad por encontrar un motivo para la lucha, para la vida en fin, aunque en pocas ocasiones alcance de verdad la trascendencia.

Andrés Barba

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