El mundo inconquistable

TÍTULO ORIGINALThe Unconquerable World

GÉNERO

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Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Madrid (2005). 518 págs. 19,50 €. Traducción: Vicente Campos.

Este conocido analista político norteamericano, que defiende en sus escritos el desarme nuclear y alternativas a la guerra -no en vano, fue uno de los opositores a la guerra de Irak-, ha escrito un ensayo a caballo entre la historia, la política y el periodismo. Existen, según el autor, dos tradiciones políticas: aquella que justifica la violencia ejercida desde el poder, dentro del realismo político; y otra que distingue entre poder y fuerza como términos excluyentes. Sin embargo, el punto de vista adoptado por Schell no es el de la filosofía política.

¿Es posible, se pregunta, una alternativa a la violencia? El sistema de guerra convencional, tan bien descrito por Clausewitz, y el equlibrio del terror nuclear durante la Guerra Fría, parecen negarlo. Ahora bien, de la historia es posible aprender que la violencia genera violencia, aunque se revista de excusas para justificarla. Schell, como alternativa, recurre al posibilismo político que, de manera silenciosa, ha derrotado siempre al poder coercitivo y autoritario con armas pacíficas, tal y como muestran los ejemplos de la acción directa no violenta de Gandhi, o los movimientos cívicos de los países de Europa del este. Recupera, de este modo, las ideas tradicionales con las que se construyó la democracia y los modernos sistemas de gobierno. El poder cooperativo es, en definitiva, el poder que parte de la sociedad civil y lo que hace posible la coexistencia de poder y libertad.

El autor critica algunos de los dogmas que sustentan la violencia política, como la idea de soberanía indivisible y el estado-nación, que alimentan los conflictos étnicos. Al mismo tiempo, entiende que la globalización disfraza un nuevo imperialismo, esta vez económico. Y, sobre todo, reprende las pautas seguidas por la Administración Bush en la lucha contra el terrorismo al imponer la ley del más fuerte en el escenario internacional.

En el capítulo de las propuestas, Jonathan Schell se inscribe dentro del republicanismo y aboga por fomentar la cooperación en todos los niveles de la vida política. En ocasiones, pueden resultar demasiado alejadas de la realidad sus soluciones. Fomenta el activismo, la desobediencia civil y las ONG, como ejemplos de poder democrático cooperativo. A nivel estatal, opta por la democratización interna de los países. Y, aunque ve lejano el sueño de una república universal de corte kantiano, en la escena internacional cree que es necesario el desarme nuclear y la promoción del diálogo y las alianzas.

La virtualidad de todo ello, en cualquier caso, debe compaginarse con otro tipo de intereses, estratégicos o económicos, que Schell parece olvidar.

Josemaría Carabante

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