El lenguaje de las flores

Salamandra.

Barcelona (2012).

352 págs.

18 €.

Traducción: Gemma Rovira Ortega.

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California. Todo comienza cuando la protagonista, Victoria Jones, una chica que se ha pasado su infancia saltando de un hogar de acogida a otro, cumple 18 años y abandona el albergue donde vivía. Al tiempo que va contando lo que le sucede –su trabajo en una floristería; su trato con la propietaria, Renata, y con su madre, una mujer rusa instalada en San Francisco desde hace tiempo; la evolución de sus relaciones con un chico del mercado llamado Grant–, va mostrando sus grandes conocimientos del mundo de las flores y explicando también su origen: el tiempo que pasó con Elizabeth, una de las personas que le acogió en su casa con gran amabilidad pero con la que terminó mal.

Relato absorbente. Una parte de su tirón está en llegar a conocer qué ocurrió de verdad en el pasado de Victoria y qué ocurrirá en su relación con Grant. Pero, sobre todo, la novela gusta porque la personalidad de Victoria, como una chica de trato difícil que ha sufrido mucho y sólo encuentra serenidad en su mundo propio, se dibuja bien; porque los personajes secundarios son también atractivos y creíbles aunque sean esquemáticos; y porque la información sobre la pasión de la época victoriana por las flores y de las habilidades especiales de la protagonista resultan muy amenas.

Las explicaciones acerca del lenguaje propio de los sentimientos que manifiestan las flores –deudoras de la floriografía, que según parece tuvo una gran aceptación cuando se publicaron, en las décadas centrales del siglo XIX, muchos libros sobre la simbología de las flores– se insertan con lógica y tienen gracia, por más que la novela exagere los efectos benéficos de acertar con las flores apropiadas para cada ocasión.