El jilguero

Lumen.

Barcelona (2014).

1.148 págs.

24,90 € / (papel) 12,99 € (digital).

Traducción: Aurora Echevarría.

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 31/14

Novela muy larga, con numerosas referencias literarias y artísticas, que ha obtenido el premio Pultizer de narrativa. Igual que las dos novelas anteriores de la escritora —El secreto (1992), un homicidio turbio en un campus universitario, y Un juego de niños (2002), una niña de doce años que investiga el ahorcamiento de su hermano cuando ella era pequeña— también esta tiene un lenguaje muy cuidado y una gran calidad narrativa. Pero si con aquellas obras el lector podía pensar que no merecía la pena invertir tanto tiempo de lectura como pedían, con esta novela no es así: quienes la lean con atención y, eso sí, soporten los pormenores de la caída en los infiernos del héroe —alcohol, drogas, sexo, robo—, encontrarán una historia rica y bien construida, y tendrán como recompensa un poderoso e infrecuente desenlace.

El narrador y protagonista se llama Theodore Decker, superviviente de un atentado en el museo metropolitano de arte de Nueva York, en el que falleció su madre, cuando tenía doce años. Sin saber bien por qué, Theo huyó del lugar llevándose una pequeña pintura holandesa: El jilguero, de Carel Fabritius, un discípulo de Rembrandt.

Cuando su padre, alcohólico y jugador, que les había dejado a él y a su madre años atrás, reaparece con su novia, drogadicta, y lo reclama, debe irse con él a Las Vegas. Allí conoce a Boris, un chico ruso, que será su compañero en todo tipo de excesos. Después de que muera su padre, Theo vuelve a Nueva York, y allí reaparecerá Boris al frente de una banda que trafica con drogas y obras de arte. Theo termina yendo a Amsterdam arrastrado por Boris para resolver los problemas que le causa el cuadro de Fabritius: está obsesionado con él y, a lo largo de los años, lo ha ido escondiendo en distintos sitios con el fundado temor a que lo descubran.

La escritora ha dicho muchas veces que sus principales referencias literarias son Dickens y Stevenson. Y, en efecto, su novela es dickensiana por su melodramatismo, su extensión, la esperanza que deja en el lector y, sobre todo, por los muchos e interesantes personajes secundarios, como Hobie, un restaurador de muebles antiguos. También es stevensoniana por la construcción medida de frases y párrafos, así como por la precisión descriptiva, sea de toda clase de drogas y de su forma de consumo, sea de muebles antiguos y de sus técnicas de restauración o de falsificación. Además, si la segunda novela de Tartt fue criticada por sus problemas estructurales, no puede decirse lo mismo esta vez: incluso aquellas cosas que se le podrían reprochar tienen, al final, una buena justificación.

Entre las referencias explícitas que contiene la trama tal vez la más destacada es la de El idiota, de Dostoievski. A través de uno de sus personajes, Tart afirma que no hay que trazar una línea firme entre el “bien” y el “mal” pues nunca están desconectados uno del otro. Pero la influencia de Dostoievski es visible, sobre todo, en la idea de la facilidad con que una belleza falsa sustituye a la verdadera belleza y habla engañosamente al hombre.

Además, la novela enlaza con tantas otras novelas norteamericanas donde vemos chicos que tienen problemas graves debido a unos padres irresponsables.

Esta corrupción de la sociedad que la novela retrata tiene su origen también en que hoy se lanza “un mensaje curiosamente inalterable” cuando alguien se plantea qué debe hacer: “Todos los psiquiatras, todos los orientadores de profesión y todas las princesas de Disney saben la respuesta: ‘Sé tú mismo’. ‘Haz lo que te diga el corazón’”. Ahora bien, continúa Theo, “lo que quisiera que alguien me explicara es lo siguiente: ¿qué pasa si da la casualidad de que tienes un corazón que no es de fiar? ¿Y si el corazón, por sus propios motivos insondables (…), te lleva directo a un bonito espectáculo de ruina, autoinmolación y catástrofe?”. Unas preguntas a las que Theo dará respuesta en las extraordinarias últimas páginas de su relato.

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