El hombre que miraba pasar los trenes

L'homme qui regardait passer les trains

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Tusquets. Barcelona (1993). 230 págs. 1.700 ptas.

Con esta novela inicia la editorial Tusquets la publicación de toda la obra del novelista belga Georges Simenon (1903-1989), a quien hizo famoso, sobre todo, su inolvidable personaje el comisario Maigret.

Sin embargo, como ya anunciara desde muy joven, Simenon tuvo un doble rostro dentro de la literatura. Como escritor se comparó a sí mismo con un fabricante de coches: “Haría de los Ford una parte de mi vida y ganaría mucho dinero. Luego, haré Rolls-Royce para mi placer”. Las novelas comerciales, casi todas policiacas y protagonizadas por Maigret, le hicieron rico y popular. Pero, a la vez, su producción cuenta con otros títulos, mucho menores en cantidad y mucho mejores en calidad.

Uno de estos Rolls-Royce simenonianos es El hombre que miraba pasar los trenes, fechada en 1938, novela psicológica cuyo protagonista es un holandés serio, cumplidor, responsable y honrado, al que su patrón, una noche, le comunica que está despedido de su empleo y además arruinado, ya que la empresa en la que trabajaba y en la que había invertido sus ahorros ha sido llevada a la quiebra fraudulenta por el propietario, quien se dispone a huir del país.

Ante tan insólitas noticias, este modelo de ciudadano lo abandona todo y se convierte en un vagabundo y delincuente a quien, por fin, en París, Luca, el ayudante de Maigret, logra detener.

La obra, escrita con la abrumadora lucidez que caracteriza a Simenon, es un estudio psicológico acerado acerca de la capacidad de mal que puede encerrar un ser humano aparentemente impecable, cuando su espíritu es llevado de repente a una situación más allá de su límite de resistencia y equilibrio.

El trazado de los personajes y la descripción del ambiente de una ciudad provinciana, en los que se evidencia algún recuerdo autobiográfico de la infancia del autor en su Lieja natal, es de un realismo muy expresivo y convincente. La pugna entre el protagonista y la policía, pulso de fuerzas mentales más que físicas, tiene un carácter apasionante que evidencia a un novelista de pura raza.

Más que un estudio policiaco, la obra, en la que no hay ningún hecho oculto que deba desvelarse, es un estudio del fracaso humano como fuente de disturbios emocionales irreparables. Y también una manifestación del absurdo y el sinsentido de la vida, puesto que inesperadamente ésta puede escapar a todo control y desembocar en unas circunstancias imposibles de superar para quien se ve envuelto en ellas. Se manifiesta así en estas páginas el Simenon escéptico y con tendencia al cinismo que muchas veces sólo asoma levemente en las novelas de Maigret.

Como novela, su técnica y su estilo son notables, y su lectura resulta muy interesante aunque no puede decirse que sea amena o entretenida. Como reflexión de fondo, todo en la obra va encaminado a apoyar la idea formulada en su última frase, enunciada por el protagonista: “No existe la verdad, ¿no le parece?”.

Pilar de Cecilia