El fiscal

Augusto Roa Bastos

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Alfaguara. Madrid (1993). 352 págs. 2.300 ptas.

Nacido en Asunción en 1917, Roa Bastos es el escritor paraguayo actual más conocido. En España su labor ha sido prestigiada de modo definitivo al otorgarle en 1989 el Premio Cervantes. Desde muy joven intervino en acontecimientos heroicos, como la guerra del Chaco; fue periodista en Europa durante la segunda guerra mundial, luego diplomático, y después vivió en el exilio como enemigo declarado del régimen del general Stroessner, al que siempre llamó “el tiranosaurio”. El fiscal, escrita tras su derrocamiento en 1989, cierra la trilogía dedicada al “monoteísmo del poder”, que inició en 1960 con Hijo de hombre y tuvo su segunda entrega en 1974, con Yo, el supremo.

Durante muchos años, Roa elaboró una primera versión de esta obra, pero al visitar su patria, depuesto ya Stroessner, comprendió que el texto no se adaptaba a la realidad y lo destruyó, sustituyéndolo en cuatro meses por el que ahora aparece. Quizá porque ni la época, ni el escritor, ni los lectores son los mismos, la novela no produce el impacto que en su momento causaron sus predecesoras.

El argumento se desarrolla en dos líneas paralelas: la referente a la dictadura paraguaya establecida en el siglo XIX por el general López Solano, y la historia de un intelectual exilado en Francia que vuelve a Asunción bajo nombre falso, decidido a asesinar a Stroessner. Las relaciones entre ambos aspectos de la trama son muy complejas y dejan un amplio margen a la fantasía alucinada y a la pesadilla amenazadora.

La pasión política, la condena apocalíptica y el homenaje a las víctimas del “tiranosaurio” se han impuesto a la novela como tal, que se convierte así en una proclama narrativa llena de vehementes denuncias, bien expresadas pero que no llegan a transformarse en objeto literario. Por eso, hay en ella cortes bruscos de la trama, disquisiciones que apenas guardan relación con el tramo narrativo en que se insertan, elaboración precipitada de muchos pasajes y personajes poco definidos o sin cometido preciso en la acción. Todo ello, aunque esté combinado con páginas bien logradas y estructurado por medio de una técnica muy experta, produce una sensación de desconcierto y conduce a una progresiva pérdida de interés.

Lo religioso, lo mítico -incluyendo en este aspecto la crucifixión de Cristo-, lo histórico, lo erótico y lo político coexisten en un desorden que, si consigue cierto brillo formal, no disimula una clara confusión de fondo, casi siempre demagógica. Entre lucubraciones sexuales, condenas al dictador, descripciones macabras de violencia y ataques anticlericales, El fiscal (el título alude a un clérigo del siglo pasado) se convierte en un muestrario antológico de temas y problemas, pero no consigue culminar con pleno éxito una trayectoria novelística definida.

Pilar de Cecilia

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