El final de la inocencia

Siruela. Madrid (2008). 282 págs. 22 . Traducción: Carlos Milla e Isabel Ferrer.

Sobresaliente primera novela de la autora,una sudafricana que vive en California. Estábien escrita, tiene personajes poco comunes, es emocionalmente intensa y honrada en su presentación de los conflictos.

Verano de 1966, Johannesburgo. Emily Iris, una chica de once años que vive angustiada por la tensión entre sus padres, encuentra consuelo en su dulce y guapa hermana mayor, Sarah, y en sus criados zulúes Lettie y, sobre todo, Buza, un vigilante nocturno que le cuenta historias de su pueblo. Como una forma que tienen sus padres de intentar ocultar sus desavenencias es invitar a gente a pasar unos días con ellos, un día su padre propone a un matrimonio australiano con dos hijos que instalen su caravana en el jardín. Con ese motivo, Emily hace amistad con el huraño Streak, de su edad, y Sarah intenta enseñar cosas a Otis, el mayor, un chico corpulento y retrasado.

La novela, narrada por Emily, lo presenta todo desde su perspectiva. En un lado están su hermana, encantadora y trágicamente ingenua, y el bondadoso Buza, en el que confía plenamente a pesar de las advertencias en contra de su padre: “No hay nada que yo no pueda contarle a Buza y sin embargo hay muchas cosas que nunca le contaré a mi padre”. En el otro están su madre, amargada por haber descendido de nivel social y obsesionada con su amante, y su padre, que no piensa para nada en su familia y sólo atiende a su negocio.

Desde un punto de vista literario se pueden hacer a la novela varios reproches: hay una cierta falta de coherencia en el punto de vista; se anuncia lo que ocurrirá ya en el título y se telegrafía más claramente desde los primeros compases de algunos comportamientos; algunos personajes son esquemáticos y Buza resulta demasiado perfecto. Pero, en cualquier caso, la tensión y el desasosiego crecientes de Emily se transmiten al lector con eficacia, la forma en que refleja el dolor por el comportamiento de sus padres es convincente, y están bien entretejidas sus preocupaciones con las tensiones sociales del apartheid en Sudáfrica.

Por otra parte, Buza gana con creces su protagonismo: con sus comentarios sabios -unos como para sí: “no hay dulzura en una niña rota, no hay dulzura en una familia con tantas grietas”; otros para su oyente: “a veces, señorita Emily, quienes más ruido hacen son quienes menos ruido oyen”-; y, sobre todo, con los tranquilizadores relatos que van en paralelo con lo que necesita Emily.

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