El fin del hombre

Ediciones B.
Barcelona (2002).
410 págs. 21 €.
Traducción: Paco Reina.

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La clonación, la utilización de embriones humanos como material de experimentación, el creciente uso de psicofármacos para el control de la conducta, son solo algunos de los problemas que han pasado de las revistas científicas a la arena política. Empezamos a vislumbrar que la revolución de la biotecnología entraña avances científicos esperanzadores, pero también nuevos riesgos que exigen regulación. Francis Fukuyama no es científico ni bioético, sino un profesor de Economía Política Internacional en la Universidad Johns Hopkins cuyas obras han planteado problemas importantes y suscitado un debate internacional (El fin de la historia, La gran ruptura). Si ahora ha decidido ocuparse de las repercusiones de la biotecnología es porque teme que altere la naturaleza humana y conduzca a un estadio “posthumano” de la historia, lo cual plantea “un problema no solo ético, sino también político”.

Fukuyama desarrolla su exposición en tres partes. La primera es una acertada síntesis divulgativa de las nuevas posibilidades y peligros que ofrece la biotecnología respecto a la modificación de la conducta humana, la manipulación de las emociones, la prolongación de la vida, la ingeniería genética. Fukuyama no cree en el determinismo biológico, pero subraya más que otros autores los posibles factores genéticos en la inteligencia y la conducta. No ve un peligro inminente, pues reconoce que “actualmente no tenemos posibilidad de alterar la naturaleza humana en ningún aspecto significativo”. Pero cree que hay motivos para preocuparse por la meta final de los caminos ya iniciados.

En la segunda parte aborda las cuestiones filosóficas que plantea la capacidad de manipular la vida humana. Fukuyama ve el riesgo de que la biotecnología modifique la naturaleza humana, concepto que defiende frente a sus detractores, y en el que basa los derechos humanos. Su idea de naturaleza es quizá un tanto limitada desde un punto de vista filosófico: “la suma del comportamiento y las características que son típicas de la especie humana, y que se deben a factores genéticos más que ambientales”. Pero las conclusiones que de ahí se derivan –la existencia de un sentido moral innato, la igual dignidad de todos los hombres– son compartibles por quienes adoptan otros enfoques.

La tercera parte plantea los modos para establecer un marco regulador de la biotecnología. Piensa que ha llegado el momento de legislar –”no actuar equivale a legitimar los cambios”– y que la regulación de la biotecnología es posible, igual que se han regulado otras investigaciones sobre la energía nuclear o la experimentación con seres humanos. Al descender a la práctica, Fukuyama se refiere sobre todo a las leyes y organismos de EE.UU. Pero sugiere algunos criterios universales, como distinguir entre las aplicaciones que buscan efectos terapéuticos y las que están dirigidas a lograr un perfeccionamiento de tipo eugenésico.

Un enfoque original de Fukuyama es su atención a las repercusiones políticas de la revolución biotecnológica. Por ejemplo, las consecuencias que podría tener la aparición de una clase con una dotación genética superior, que, frente a la idea de dignidad humana universal, podría invocar razones biológicas para su predominio. La referencia a Nietzsche es frecuente en el libro, en la medida en que el pensador alemán comprendió que si la ciencia puede mejorar la especie humana, surgirá también una nueva aristocracia natural.

Fukuyama, que no es un hombre religioso, estima que las reservas suscitadas por los usos de la biotecnología nos conciernen a todos, se tengan o no convicciones religiosas. Así, por ejemplo, aunque no considera al embrión humano con los mismos derechos que una persona, piensa que “no es simplemente un grupo de células o de tejido como otro cualquiera, porque tiene la capacidad potencial de convertirse en un ser humano completo”. Por lo tanto, “resulta razonable preguntar, sobre una base no religiosa, si los investigadores deberían ser libres de crear, clonar y destruir embriones humanos a voluntad”.

En suma, la obra de Fukuyama está lejos tanto de la visión apocalíptica como de la confianza ciega en la experimentación científica, y aporta una dosis adecuada de realismo político.

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