El enigma de las arenas

TÍTULO ORIGINALThe Riddle of the Sands

GÉNERO

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Edhasa. Barcelona (2005). 426 págs. 22 €. Traducción: Benito Gómez Ibáñez.

Esta novela, a juicio de muchos el primer “thriller” de espionaje, fue la única escrita por su autor, que trabajó para los servicios de inteligencia de Inglaterra durante la I Guerra Mundial, se convirtió después a la causa irlandesa y fue fusilado en Dublín en 1922. Su fama se debe también a que la guerra mundial posterior hizo real la posibilidad que describe: el gobierno inglés la reeditó en 1940 para concienciar a su población de lo que podría pasar.

El narrador es un joven funcionario inglés llamado Carruthers, a quien saca de su apatía una invitación a viajar en yate por las costas danesas y alemanas con la intención de cazar patos. Cuando se reúne con su anfitrión, su antiguo compañero Davies, ve que su “Dulcibella” tiene poco de yate, que sus objetivos son otros y que no por casualidad le ha llamado a él, que conoce perfectamente bien el alemán. En su periplo averiguarán que los que parecían ser unos trabajos defensivos ocultan un plan para invadir Gran Bretaña. En sus primeros capítulos el relato tiene un aire a “Tres hombres en una barca” (ver Aceprensa 133/03): el narrador habla de sí mismo con una distanciada ironía, en ocasiones muy divertida. Cuando va cayendo en la cuenta de lo que ocurre, sufre una transformación característica: la del “gentleman” indolente que, colocado en una situación extrema, da lo mejor de sí mismo. También va ganando peso, a sus ojos y a los del lector, su compañero Davies, un excepcional navegante, una excelente persona con “odio a cualquier forma de afectación” y un patriotismo contenido sin “una partícula de malicia racial”.

Esas transformaciones personales, así como el modo tan hábil en que se va desplegando la intriga, son lo mejor de la novela. Sin embargo, muchos lectores se verán en dificultades debido a las prolijas descripciones náuticas y geográficas y al estilo discursivo del narrador. Pero éste, sin duda, es muy consciente de lo que hace: en una ocasión indica que teme haber perdido al lector, y al principio del capítulo seis afirma que “no presento mis disculpas por haber descrito con cierto detalle esos primeros días (…) porque cada detalle, sórdido o pintoresco, era importante; cada fragmento de conversación, un eslabón; cada cambio de humor, decisivo para bien o para mal”. Además, tal modo de proceder es característico de un buen “thriller”: un tipo de argumento cuya verosimilitud se consigue a base de acumular ante los ojos del lector una multitud de observaciones sensatas y de hechos ciertos que oculten la falsedad de su núcleo central.

Luis Daniel González

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