El cuaderno gris

Destino.

Barcelona (2012).

848 págs.

22 €.

Traducción: Dionisio Ridruejo y Gloria Ros.

Josep Pla (1897-1981) es uno de los escritores clave de la literatura del siglo XX en España. Y de manera muy especial de la literatura memorialística, donde es todo un maestro. El cuaderno gris es capital para entender la evolución de este género tanto en la literatura catalana como española, aunque no puede reducirse el alcance y la calidad de este autor solo a esta obra. Su monumental y excelente producción periodística y literaria la componen cerca de 50 volúmenes.

Los diarios siguen siendo lo más valorado de la obra literaria de Pla. En ellos aborda todo tipo de temas con su personal maestría estilística y presenta también, de manera muy comedida, su faceta más íntima y personal, aunque a veces la autobiografía cede el paso a la autoficción (Pla no suele ser muy riguroso cuando habla de sí mismo, conviene tener esto en cuenta).

Pla comenzó a escribir estos diarios en 1918, el día que cumplía 21 años, y los finalizó en septiembre de 1919, poco antes de marchar como corresponsal de prensa a París. Sin embargo, hasta su publicación en catalán en 1966, el libro fue reelaborado completamente. Esto se aprecia especialmente en la madurez de su estilo y de sus opiniones. Pla escribe en él que “este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo”. Y así sucede. Por sus páginas desfilan, sin retórica, su vida, sus lecturas, el paisaje del Ampurdán, sus amigos y familiares, los vecinos de Palafrugell, los comentarios de la tertulia a la que asistía, sus reflexiones críticas sobre la vida universitaria, apuntes sobre cómo el clima determina los estados de ánimo, las mujeres, las pensiones, la soledad…

Traducido al castellano en 1975, El cuaderno gris no ha cesado de ganar prestigio. Pla maneja una prosa natural, realista, atenta al detalle, donde destaca la asombrosa utilización de los adjetivos –en eso es todo un maestro– y su facilidad para retratar en pocas líneas a los personajes que van apareciendo. No faltan en estas páginas la ironía, la socarronería y el buen humor.

Durante toda su vida Pla luchó por conseguir un estilo sintético, directo, que definiese su concreta manera de entender la realidad. Por eso Pla huye de la afectación, de la verborrea, de lo barroco y recargado, de la grandilocuencia. Además, aunque se empeñó toda su vida en aparentar no ser un intelectual, se aprecia en sus escritos un profundo conocimiento de las corrientes filosóficas, históricas, culturales y políticas más en boga en su tiempo. Este conocimiento, más sus viajes que contribuyeron a conocer la realidad de cerca, hacen de Pla un autor escéptico con aquellas doctrinas que intentan cambiar drásticamente todo. Su oposición al fascismo y al comunismo, en boga en aquellos años, fue tajante.

Uno de los estudiosos de Pla, Josep Maria Castellet, lo definió como conservador liberal, escéptico y pesimista. Pla era un individualista radical, enemigo acérrimo de cualquier forma de fanatismo y convencido de la absoluta banalidad de la existencia humana. Hay que felicitarse por el tirón que tiene Pla entre los lectores contemporáneos: por encima de tópicos y de baratas politizaciones, aprecian en Pla la calidad de su prosa, la actualidad de sus comentarios, la amenidad de sus opiniones y la agudeza e independencia de sus observaciones.

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