El buen nombre

Emecé.
Barcelona (2004).
298 págs.
19 €.
Traducción: Juanjo Estrella.

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La autora, de padres indios instalados en los Estados Unidos, profesora de creación literaria, obtuvo el Premio Pulitzer con El intérprete de emociones, su primera colección de relatos. El buen nombre, su primera novela, refleja por un lado cuestiones de identidad personal y cultural que conoce bien por sus experiencias personales y familiares. Por otro, es una historia más de las muchas que muestran que “algo no encaja como debería” en la vida norteamericana de hoy, pero que a la vez viene a decir que, a quien alcanza cierto estatus económico y tiene una vida sexual suficientemente variada, tampoco parece irle tan mal.

Un matrimonio de Calcuta tiene su primer hijo en los Estados Unidos, el año 1968. Ponen al niño de nombre Gógol, debido a que su padre salvó la vida de un grave accidente de tren cuando estaba leyendo unos cuentos del escritor ruso. Cuando crece, Gógol tiene problemas con su nombre y dificultades para integrar las costumbres de sus dos entornos, el bengalí y el norteamericano. Se hace arquitecto, tiene novias norteamericanas que no cuajan, se acaba casando con una chica de origen indio.

La narración tiene soltura y fluidez. El texto es preciso y colorista. El punto de vista narrativo es la tercera persona pero desde dentro del protagonista principal o de algún otro de los personajes, cuya falta de perspectiva e incapacidad de comprender bien las cosas queda subrayada porque todo se nos cuenta en presente. Es un relato jugoso para quien esté interesado en las costumbres bengalíes y para quien desee ver qué peculiaridades adopta en este caso el choque cultural y cómo lo sufren de modo diferente la primera y la segunda generación. Al final, Gógol “no deja de preguntarse cómo ha llegado hasta ahí: cómo es que tiene treinta y dos años y ya está casado y divorciado”. La novela no intenta decir mucho más, mantiene a sus personajes y ella misma se mantiene siempre a ras de tierra, muy a ras de tierra.