El bandido

TÍTULO ORIGINALDer Räuber

GÉNERO

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Siruela. Madrid (2004). 156 págs. 16,50 €. Traducción: Juan de Sola Llovet.

Soy uno de los admiradores de la obra de Robert Walser (ver servicios 94/01 y 133/03). Estoy convencido -con otros muchos- de que es un clásico de la literatura europea del siglo XX.

Robert Walser nació en Biel (Suiza) en 1878 y murió en 1956. Murió de una manera muy acorde con el modo de ser del “bandido”, con el modo de ser de Robert W., pues el personaje es muy parecido a él, por no decir que es él mismo: murió sobre la nieve mientras paseaba, el día de Navidad, cerca del manicomio de Herisau, donde había vivido sus últimos años.

El bandido tiene la figura de una autobiografía novelada -sobre un periodo corto de una vida-, con una estructura muy trabajada al menos en la cabeza, muy previamente pensada. Quien cuenta, con tono de diario o de carta, es “el bandido”, no un ladrón o un salteador, o uno que tenga que huir de la justicia, sino alguien que se considera así, con un dejo de comprensión y disculpa; y los demás también así le ven, con simpatía, o con irritación cariñosa, siempre con una lejana ternura: ¡Este bandido…!

Y lo que ve el lector, en esta larga confidencia, es un alma de niño. Sobre todo se ve eso: a un niño de muchos años. Cuenta la fantástica o utópica relación con su enamorada (casi una Dulcinea) y con otras mujeres a su alrededor, que le riñen, le aconsejan -dice él que le desprecian-, que le quieren con amor maternal.

Cuenta también “el bandido” su vida cotidiana. La gente apenas le hace caso; parece un ser insignificante, que no cuenta. Tiene una gran ansia de servir y amar, y es -en su ficticia vulnerabilidad- el más fuerte. Su vida interior es de una gran sencillez. Cuenta sus preocupaciones, su visión del mundo contemporáneo, su juicio, sus desequilibrios o rarezas psíquicas con una naturalidad encantadora. Un aire de humor corre por todas las páginas del libro, un aire blanco: la pureza, en todos sus aspectos. La traducción de Juan de Sola ha acercado todos estos valores al lector.

Y hay una historia compleja sobre el texto: El bandido fue lo último que escribió Walser, años antes de su muerte, y lo dejó en cuartillas escritas con lápiz, sin componer. Por eso en el texto de Siruela -quizá como en la edición alemana de 1986- no hay división en capítulos ni la forma de los diálogos: el texto va todo seguido… Esto indica que Walser no revisó su escrito, no lo trabajó sobre el papel sino que, como he dicho antes, lo trabajó en la cabeza.

Walser es un auténtico escritor, un novelista merecedor de entrar en el registro de los clásicos, y no necesitaba El bandido ser corregido sobre el papel. Tiene todos los recursos estilísticos, novedades creativas de un maestro, la estructura adecuada, tanto, que parece no tenerla… Una gracia poética magnífica, y una muy noble presentación de la persona humana, de un ser muy inteligente, que empieza a advertir las primeras heridas de la enfermedad mental que le hará retirarse al silencio hasta que le llegue la muerte.

Pedro Antonio Urbina