Al parecer, Theodor Herzl, el fundador del movimiento sionista, conservaba un ejemplar de Daniel Deronda en su mesilla de noche. Costaba mucho, en aquella sociedad victoriana y escrupulosa, vencer los prejuicios, y George Eliot –que, justamente, se vio obligada a tomar un nombre masculino por la fuerza de las convenciones– había contribuido a paliar el antisemitismo mediante una jugada maestra: reflejar los rasgos bondadosos y agradables de los judíos. No sorprende, pues, que Herzl estimara tanto esta obra.
A este interés histórico de la novela, se le une su calidad literaria: probablemente fue la mejor obra que salió de la mano de la autora, más pensada y compleja que Middlemarch. Eliot combina dos tramas principales, unidas por la suerte …
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