Cuaderno de Nueva York

José Hierro

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Hiperión. Madrid (1998). 134 págs. 1.200 ptas.

Cualquier lector encontrará en este título resonancias de Poeta en Nueva York, de Lorca, uno de los libros mayores de la poesía española, en el que el lenguaje surrealista transmite la angustia del hombre ante el materialismo que le rodea. Los 32 poemas de este Cuaderno no son un golpe terrible como los versos de Lorca, sino una reflexión sobre la existencia humana, de la que Nueva York es su asombro y su símbolo. “La vida, el tiempo, la muerte, son temas recurrentes en mi obra”, dice Hierro. También aquí lo son, como en sus libros anteriores que, desde los años 60, le han llevado a ser considerado como uno de los poetas más importantes de nuestro tiempo.

Una de sus claves aparece en el primer poema: “… el presente no comienza ni finaliza / en sí mismo, sino que es punto de intersección / entre lo sucedido y lo por suceder”. Y así conviven pasado y presente, realidad y ficción, hasta el punto de confundirse en una misma y única realidad, intemporal y eterna. Como si el poeta, fuera del tiempo, observara la historia de la Humanidad como una mezcla de tiempos, culturas y espacios. Esa mezcla es una música dolorida y maravillosa. Quizá por eso hay tantas referencias musicales y por eso la tarea del poeta no sea otra que reflejar esa “… música acordada… que llega, atravesando el tiempo, / melancólicamente”.

La maestría narrativa y descriptiva de José Hierro, el vigor de sus metáforas, la variedad de sus recursos ofrecen una mezcla madura y eficaz, impresionante en muchos casos. Además, en sus versos se adivinan los de Manrique, Fray Luis, Lope o Machado. José Hierro, a sus 76 años, con una energía sorprendente, añade su voz a la de los poetas de siempre.

En suma, el aficionado a la poesía disfrutará de Cuaderno de Nueva York, sabiendo que es un libro magnífico, pero también desengañado. Tras el asombro de la vida y de su dulce sabor, no queda nada. Así se dice en el soneto final: “Después de todo, todo ha sido nada / a pesar de que un día lo fue todo”. El dolor por el tiempo pasado no es aquí un recurso o un tópico, sino el eje fundamental del texto: “Pensaba que sólo habría / sombra, silencio, vacío. / Y murió. Estaba en lo cierto. / El mismo Dios se lo dijo”.

Pedro L López Algora

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